lunes, 9 de abril de 2012

Tuejar-Buena Leche-Alpuente-Arquela

Hoy iba a remontar, por el barranco de los Frailes, hasta la caseta de vigilancia forestal y vértice geodésico de Buena Leche, bajar hasta Campo de Abajo y subir luego hasta Alpuente, el acueducto de los Arcos, y bajar por Arquela hasta completar la ruta, pero vamos desde el principio.


Ayer recorrí el río Tuejar al completo con esa denominación. Hoy quería conocer algo más de las ramblas y barrancos que alimentan y crean este pequeño río. Así que llego a Tuejar y aparco el coche a la entrada del pueblo. Solo tengo que cruzar la carretera y llegar a la zona del azud.
A primera hora de la mañana está vacía, ni sombra de lo que será después, igual que ayer. Voy a buen ritmo por este camino que poco a poco va elevándose, de forma tan progresiva que casi no se nota. Las montañas se elevan a uno y otro lado del camino dejando una garganta por la que se adentra el camino y baja el curso del río. Hoy solo algunas pozas sobreviven, gracias a las lluvias de la semana pasada que me hicieron posponer esta ruta. Recuerdo como remontamos este camino helado todo el grupo en la ruta: http://rodaipedal.blogspot.com.es/2009/01/crnica-por-el-tuejar-al-remedio.html  
Llego hasta las pinturas rupestres y los corrales de Silla, luego al refugio Andariel. Poco después llega un desvío de caminos, a la izquierda en suave descenso el camino del barranco de los Frailes, a la derecha por el que volveré. Inicio la parte nueva de la ruta. De momento sigo pegado a la rambla Arquela a mi izquierda. Enseguida la cruzaré y el camino hace un giro de 180º a la izquierda, este es el lugar donde se junta con el barranco de los Frailes y donde quizá tenga lugar el nacimiento del río, pero esto es más una conclusión mía que otra cosa. En cualquier caso tan solo un pequeño hilo de agua baja por Arquela. Comienza la subida de verdad. Veo ante mí una enorme montaña con una calva rematando la cumbre. Es como si los árboles no quisieran subir tan alto, yo en cambio voy hasta arriba del todo. En los siguientes 4Km. subiré unos 400 metros. El camino presenta algunas zonas de grava gruesa que dificulta encontrar la trazada buena ante la persistencia de una rampa cruel y despiadada que no afloja en casi ningún momento. Todo lo contrario, a veces el desnivel es tan brutal que dan ganas de bajarse de la bici, pero la guerra con la montaña no ha hecho más que comenzar. Subo como siempre lo hago, las suspensiones cerradas y el cuerpo vencido sobre el manillar para tirar de riñones e imprimir fuerza a cada pedalada. Cuando esto se agota canto, como si de un mantra se tratara, aquello de “empuja-estira”. Al final solo me queda la paciencia, la obstinación de que ella no podrá conmigo. No tengo demasiadas panorámicas en las que apoyarme ya que, como dice la famosa cita, la cerrada pinada impide ver el bosque. Busco la calva de la montaña para orientarme y ver cuanto me queda. Poco a poco voy ganándole altura a la montaña, espero que no sea una mala referencia esta que he elegido. Una rampa brutal se interpone en mi camino y me animo pensando que es el último cartucho de la montaña antes de dejarse coronar. Efectivamente, estoy en lo cierto.
Ya veo la verde figura de la caseta y su fiel escudero blanco de hormigón armado. Estoy ante el V.G. de Buena Leche a 1018 msnm. Prueba superada, ya puedo volverme a casa.
Las vistas son magníficas, el viento de poniente deja una visibilidad tremendamente limpia y engullo más que observo el paisaje. La pena es que esta montaña es muy redondeada y no tiene un pico que gane una altura para permitir mejores vistas. Pero no me voy a quejar de eso, tan solo constato un hecho. Buscando un poco, por aquí y por allá entre los árboles, se puede ver todo.
Tanto que es inacabable el paisaje que se presenta ante mí. Almuerzo mientras hago fotos de todo a mí alrededor. Luego decido acercarme al alto del Gamonal, un par de lomas más allá por si presenta mejores vistas. El par de lomas se multiplica conforme me voy acercando a él, y los pequeños desniveles que voy sumando me hacen desistir y dar media vuelta para volver hasta aquí. Acabo el almuerzo y tomo el camino de bajada. He subido por el este y ahora bajo hacia el norte, con Titaguas y la muela de Aras al frente. En todas direcciones las montañas presentan heridas de parques eólicos. Es curioso que cuanta más energía tenemos más pagamos por ella. Tanto estropear el paisaje para que luego el recibo de la luz no deje de subir. Yo en cambio ya he dejado de subir de momento. La bajada es un camino que nada tiene que ver con el de subida.
A ambos lados del camino un ancho corta fuego permite una visión muy clara de las curvas y del paisaje. De todas formas la pendiente no es ninguna barbaridad y aunque permite una buena velocidad no hay ese golpe de adrenalina que tanto me gusta. Llego a un cruce de caminos. Recto hacia la Montalbana y la CV-35, a la derecha giro hacia Campos de Abajo y Alpuente. Sigo bajando inmerso en un enorme y precioso bosque de pino. Saldré de él abajo para tener visión directa de los campos de cultivo y las granjas entre Titaguas y Alpuente. Me vuelvo a meter en el bosque por un camino a la derecha que me hace subir y pasar junto a varios corrales abandonados.
Cuando vuelvo a salir del bosque tengo las casas de Campo de Benacacira frente a mí en un altozano. Más piedras viejas, de esas que tanto me gustan, formando antiguas casas. Más memoria histórica, más cuentos y leyendas que no nos contarán. Giro a la derecha y me adentro en los campos dirección Campo de Abajo. A mi derecha las montañas forman una inmensa garganta; una más de las muchas que hay a mí alrededor en este paisaje increíble. Al otro lado de ella la rambla Arquela recogerá todas estas crecidas que al final alimentarán el Turia. Me adentro en la aldea, visito la ermita de san Isidro y el único coche aparcado en el pueblo, que no tenía otro sitio que la mismísima puerta de la ermita.
Luego llego hasta el lavadero a las afueras del pueblo. Continúo con Alpuente llenando mis retinas a cada pedalada. Otra vez me desvío a la derecha buscando la aldea de la Hortichuela. Más ruinas, otras viejas piedras oxidadas por el Sol, la lluvia y el viento, desvencijadas y asomadas al barranco del Reguero a los pies de Alpuente. El camino está tan desdibujado que es imposible ciclarlo y me obliga a tirar pie a tierra.
Paso entre los muros que formaban las cuatro casas de la aldea y retorno al camino, ahora a la derecha, y comienzo una tortuosa subida hacia Alpuente. Un kilómetro al 10% tiene la culpa. Ya arriba me adentro en el pueblo. Las casas de piedra, las calles de piedra. Todo guarda una armonía, una simetría con el buen gusto, con el patrimonio, con lo que hace que un pueblo tenga historia y origen, no como los pueblos en la que cada casa despersonaliza más a la que tiene al lado, con una arquitectura, materiales y colores, simplista y desafortunada. Está claro que este tipo de construcción requiere dinero que no todo el que se construye una casa tiene. Pero estos pueblos atraen visitantes, atraen turismo y riqueza, contagian armonía, belleza y serenidad, incluso nostalgia, por eso creo que los ayuntamientos deberían obligar a una normativa de construcción con ayudas y facilidades. Pero esta visto que esto no es lo que queremos para vivir. 

Recorro el pueblo callejeando, dando vueltas sin rumbo fijo, empapándome de esta atmósfera singular… ahora subo por una calle y bajo por la siguiente. Pero por mil caminos que cojas hay que subir al castillo, o cuanto menos asomarse a ver la imponente atalaya sobre la que se eleva. Luego llego a la iglesia, al ayuntamiento y a lo que parece la puerta de las mazmorras, un lugar que me transporta a las películas de los sábados por la tarde de hace mil años, cuando era pequeño. Veo desde arriba el lavadero, desde la placita del museo etnológico. Los lavaderos son ese vestigio de historia que aún queda, por lo menos, en algunos pueblos, por eso me gusta visitarlos. El fluir del agua y su cantinela, siempre igual y siempre diferente, sus tejados de tejas y su entramado de madera en muchos de ellos. Preciosos.
La visita es corta, queda mucho que hacer aún en la ruta. Estoy tentado de subir a la ermita de san Cristóbal y obtener una vista de pájaro del pueblo. De todas formas se que la tendré desde el otro lado del barranco tal como discurre la ruta, pero la tentación es grande. Solo me frena el desnivel. Pegado a la montaña conforme salgo del pueblo, esta parece un coloso, y con lo que llevo en el cuerpo, y lo que me espera y desconozco, prefiero dejarlo para otro día y planear una ruta por la parte norte del pueblo. Ahora guardo algunas fuerzas para el resto de la ruta. Llego a la ermita de la Purísima, a la salida del pueblo y cerca de la fuente, antes he pasado por la ermita del Calvario, cercada dentro de un parque.
Solo queda de ellas la estructura, bastante deteriorada en el caso de la primera. Casi sin solución de continuidad llego a la aldea de Obispo Hernández ó Eras. Justo a la entrada a la aldea se puede llegar, girando a la derecha, hasta un camino que bordea el barranco, pero el desconocimiento me hace perderme esta entrada y llegar al barranco justo a la salida del pueblo junto a un pequeño puente de piedra para cruzar la rambla.
Justo de frente veo, tras una chopera, el acueducto de los Arcos. Llegaré allí dando un rodeo para verlo desde todos los ángulos.
Un camino pasa bajo él y permite llegar junto a sus piedras para admirar esta preciosa obra de ingeniería. Atravieso los arcos y sigo por el camino hasta la carretera, me desvío para acortar y llegar al puente de antes, pero me meto en una suerte de laberinto entre campos de cultivos que tendré que salvar, por unos metros, a pie. Vuelvo a cruzar el puente y subo hacia el mirador indicado en una señal de madera. La subida, con bastante piedra suelta es dura, pero me animo pensando que es la última subida de verdad del día. Voy ganando altura sobre el barranco y este me regala unas vistas preciosas. Unas curvas de zigzag después se abre ante mí el colosal barranco a su paso por Alpuente. La mordida del barranco sobre la piedra es impresionante y crea cortados de vértigo.
La ubicación del castillo sobre la muela, el pueblo a su espalda sobre la otra ladera y, tras todo esto, la peña de la ermita que cierra y protege al pueblo. Es una estampa alucinante. Todo ello rematado y acentuado por el tremendo cañón que se abre a mis pies. Las vistas son infinitas. La sensación de lo pequeños que somos lo es aún más. Tras intentar absorber el paisaje me pongo en marcha otra vez aunque con ganas de quedarme mucho más tiempo absorto en la contemplación de este enorme paisaje. Sigo subiendo pero de forma muy moderada. Llego a un desvío del camino que indica la fuente de los Gamellones. Hago la pequeña subida para llegar a una pinada con un abrevadero sobre el que cae un fino chorro de agua.
Un nogal ocupa el centro de la explanada y a sus pies unas piedras dispuestas a modo de mesa redonda. Hago la parada para comer en este tranquilo lugar, nada que ver con las incomparables vistas de antes pero media hora después. La zona está replantada de pinos jóvenes, y bajando la montaña la arboleda es una espesa manta de pinos. Después de comer y comprobar que no me dejo nada, que he pasado desapercibido para el entorno, sigo el camino bajo la inmensa montaña de material que dejó a su paso la cantera de arriba, creo que en desuso.
Otro desvío me lleva, a la derecha, hacia la fuente del Cabezo, metida en un recodo de la ladera que sigue subiendo hasta la cima de este coloso de casi 1300 metros de altitud. Sigo por el camino principal con unas panorámicas esquisitas sobre el valle que he recorrido esta mañana.
Tras una pequeña pero empinada subida llego a un triple desvío, la inercia me hace tomar el camino de bajada, pero el equivocado. Es completamente a la derecha, tan desdibujado está el camino que no lo vi y tuve que retroceder unos metros volviendo a ascender. El camino es una locura.
La pendiente es de más de un 30% y el camino es un alud de piedras desprendidas de la cantera de arriba, otra más. A todas luces esto no es ciclable, me pregunto incluso si podré bajar con la bici a cuestas. No hay alternativa ya que el camino que sigue recto desde arriba rodea la montaña y se pierde hacia La Yesa. Me tengo que aventurar en esta peripecia. Despacito, apoyando bien los pies y dejando el cuerpo vencido hacia atrás, voy bajado ayudado de los frenos de la bici que me hacen arrastrar las ruedas más que dejarlas rodar. Allá abajo, cuando la cuesta permite volver a ciclarla, se incorpora un camino por la derecha que intuyo llega desde fuente Cabezo. En todo caso, camino o no, será mejor que esta locura. Pero es que ese camino no aparece en los mapas y en cambio “este camino” es el de la Hortichuela, perfectamente referenciado en los mapas. Esta es una de esas sorpresas que dan las rutas, hasta que no estás sobre el terreno no sabes lo que te encontrarás. Bueno, al menos sirve como anécdota a contar y ha llenado un buen puñado de líneas de esta bitácora.
Abajo del todo estoy muy cerca de la aldea de la Hortichuela, en el punto de unión del barranco del Requejo con la rambla Arquela. La rambla se adentra entre las montañas, mejor dicho, parte en dos la Peña Rubia. El camino no se encajona tanto y rodea la montaña para volver a encontrarse a sus pies tras la garganta. Después todo será un plácido paseo junto a la corriente que aquí si que baja con agua, pero que poco a poco se pierde, se filtra o se la bebe la vegetación para llegar al azud de Tuejar completamente seca. Los paisajes junto al riachuelo son de ensueño. Pozas y vegetación de ribera que cubren los márgenes del río.
Las montañas del margen derecho son más abruptas y retorcidas y sostienen cavidades y abrigos, aparentemente de imposible acceso.
A la izquierda las montañas se alejan y no encajonan tanto el río, hasta llegar a la rambla de Ahillas. Antes pasaré por las casas de Arquela y la zona recreativa. A lo largo del cauce se suceden diferentes grupos de caseríos y corrales abandonados. Llego por fin al camino conocido de la ruta: http://bikepedalvalencia.blogspot.com.es/2012/03/calles-ahillas-rambla-arquela.html  La rambla se adentra en la tremenda garganta de la zona de Arquela. El camino se agarra a la montaña y dibuja el perfil de la caprichosa corriente que orado estas montañas. Dejo atrás el nevero y llego al camino del barranco de los Frailes, he cerrado otro círculo en las montañas.
Ahora, a favor de la corriente, bajo a buen ritmo dando pedales por el ancho camino hacia el azud y Tuejar, donde daré por concluida esta ruta apasionante, digna de mis mejores recuerdos.