lunes, 28 de octubre de 2013

El Rebollar-Montete-Pico Tejo


Volvía al altiplano 4 meses después para la 5ª ruta por la zona, ya solo falta una. Esperaba un día con condiciones de viento de poniente que me aseguraran buena visibilidad. El día había llegado coincidiendo con uno de mis días libres, pero al final no encontré ese horizonte despejado que tanto ansiaba.
Con el horario de invierno recién estrenado los horarios de tren me obligaban a terminar antes de las 15.30h. que es la hora del penúltimo tren hacia Loriguilla, el último, a las 21.30h. no era una opción pues me dejaba muchas horas tirado en la estación y cogiendo frío. Así que me fui en coche hasta El Rebollar para iniciar la ruta y volver cuando quisiera. La temperatura de los últimos días invita al optimismo pues aún hace un calor de locura, sobre todo en las horas centrales del día, pero tratándose de la zona de Requena y a más de 700 metros de altitud siempre hay que ir con cuidado, así que llevaba la chaqueta que me vendría bien a primera hora y luego en la bajada final por aquello de la sudada prevista. Dejo el coche en la plaza y salgo por el conocido camino de la travesía de Yátova. A mi derecha la montaña es una mancha de pinos culminada en las antenas del Montote que es a donde me dirijo dando un pequeño rodeo. 

Las viñas se van tiñendo de rojo, todo un preludio de lo que pasará con sus frutos ya metidos en las barricas. El camino asfaltado lo dejo pronto por un camino de tierra hacia la derecha. 

Allá adelante un par de viejas casas, una a cada lado del camino, son el siguiente objetivo. Sigo adelante en un mar de color entre algunos campos yermos y con el sol empezando a ganar altura. Pasadas las casas me acerco más al bosque hasta otra casa que se encuentra a la izquierda de un cruce de caminos. Allí giro a la derecha y encaro la subida hacia una primera loma que luego tendré que bajar. El camino pronto empieza a complicarse hasta llegar a un punto en que se torna intransitable. No tanto por la pendiente, que la hay, como por el estado del firme, peligroso incluso para bajar. Toca empujar entre el pedregal, serán unos 500 metros pero que pican y se agarran. Casi arriba el firme se hace ciclable y gano así la primera subida del día, ahora toca bajar. 

La pinada crece y da sombra al tramo de camino que se adentra en el barranco. No es un camino de mucha velocidad ni tampoco técnico, se deja bajar bien disfrutando de algunas bonitas postales con el pico Nevera y el Pintao al fondo. Llego al camino del fondo del barranco, ya lo conozco de la primera ruta por la zona: http://bikepedalvalencia.blogspot.com.es/2013/05/las-moratillas-fresnal-rio-mijares.html y sé que esto se pondrá para arriba en breves instantes, así que trato de disfrutar de la calma que produce esta soledad en un camino y bosque remoto. Voy remontando el barranco de forma sutil hasta llegar a un recodo donde el barranco sigue adelante transitando libremente entre pinos y arbustos, el camino gira bruscamente a la izquierda y con él la subida. Más suave de lo que la recordaba, o será que ante lo que me espera me digo que es suave. El caso es que no encuentro el camino tan estropeado y voy subiendo bien. 

Arriba el viento se deja notar, y aunque no es frio, la altitud y el sudor que empapa la camiseta obligan a ponerse la chaqueta. Sigo subiendo hacia el oeste aunque la subida fuerte ya ha terminado, pronto encontraré la pista forestal que seguiré junto a la reserva de caza de la Generalitat. La valla queda a la izquierda de la pista, sigo adelante hasta otro cruce, uno con una señal muy peculiar: un enorme trozo de rodeno con las indicaciones grabadas sobre él. 

Ya lo vi en la anterior ruta: http://bikepedalvalencia.blogspot.com.es/2013/06/requena-hortunas-montotepor-el-rio-magro.html pero no puedo dejar la tentación de volver a hacerle una foto. El Montote ya no tiene pérdida aunque hay que estar atento al desvío a la izquierda pues te pilla iniciada la bajada. El repecho final no es nada del otro mundo y se sube bien. Ya arriba me doy cuenta que las vistas, o cambian mucho o no van a ser lo que esperaba. Almuerzo bajo los pinos junto al V.G. para darle tiempo al sol a subir y despejar un poco más el día, que a pesar del viento cálido de poniente no deja un panorama tan limpio como esperaba. Salgo de la sombra para terminar de almorzar y agradezco la caricia del sol antes de ponerme la chaqueta para la bajada. Dejo el descarnado camino del Montote y tomo, a la izquierda, la pista forestal. La bajada pronto toma las ruedas al asalto. La velocidad es una vorágine de sensaciones y las curvas se echan encima que da gusto, por lo que me obligan a tirar de frenos con más brío del que estaba poniendo, con un susto basta y ahora me adelanto un poco a las curvas jugando a frenar pronto, hoy no voy a jugar a ser Marc en moto gp. 

Llego como un tiro a la casa de Don Juan. Igual de desvencijada que en mi anterior paso: http://bikepedalvalencia.blogspot.com.es/2012/09/requena-riba-roja.html tras ella el aeródromo junto a la A-3 y casi a sus pies, como si de una torre de control se tratase, la imponente silueta del toro de Osborne, patrimonio cultural y artístico de los pueblos de España desde 1994, aunque su estilizada figura nos acompaña por las carreteras españolas desde 1958. 

Junto a él tomo un camino que baja hasta cruzar la autovía por un túnel, luego remonto a la derecha y poco después a la izquierda por el camino del campamento. Poco después un viejo fantasma del pasado toma el camino. Las casas del Arcipreste, largo tiempo abandonadas, desmoronan sus viejos muros y tejados fundiéndose con el entorno que las vio nacer. Algo más allá la Casa de Sánchez. 

La gran casona aún resiste los envites del tiempo, no parece abandonada aunque tampoco se podría decir que siga en activo, en cualquier caso es otro testigo de la actividad rural en constante recesión. 

Poco más allá un viejo aljibe de elegante figura al borde del camino, que no serviría para regar las grandes extensiones de viñedo pero que calmarían la sed de los trabajadores del campo, antes de llegar al puente sobre el tren de cercanías y el AVE que circulan en paralelo. Cruzado este puente la inmensa mole de montaña que pretendo subir. El sector más septentrional de la Sierra de las Cabrillas. El Pico Tejo eleva su dimensión hasta los 1250 metros de altitud. 

El camino cruza un proyecto de vía de tren, una vía muerta entre ningún lugar y ninguna parte, antes de llegar al cruce de caminos que tomaré a la derecha, luego a la izquierda para pasar por la ruina de la casa de la Roja, otra vieja casa de labor abandonada. 

Aquí hay un panel interpretativo del sendero del Pico del Tejo. Sigo la indicación y poco después comienza la subida. Un camino pedregoso, con algún tramo bastante malo que coincide con el paso por el Corral de Don Manuel del que solo queda algún muro y que es otra muestra del abandono rural. La subida empieza a picar algo más con algún tramo de rampas duras que obligan a ponerlo todo pero que me hace abrir las suspensiones ante lo bacheado del terreno. 

Poco a poco me meto en la Hoya de las Almas y el barranco del Caballo, al otro lado del barranco mi objetivo deja ver las casetas con antenas y demás parafernalia instalada en lo alto, y mucha de ella si no en desuso al menos en un lamentable estado de conservación, igual que en muchas otras montañas. A la izquierda adivino el paso de la rambla de los Tocares, aquella que baja hacia El Reatillo junto a un camino que al final se corta para las bicicletas, en una valla cinegética, recuerdo nefasto de mi anterior ruta por la zona: http://bikepedalvalencia.blogspot.com.es/2011/05/requena-riba-roja.html

El camino tiene tramos terribles de firme destrozado y descarnado que me obligan a tirar de potencia en muchos lugares cuando no a bajar de la bici. La subida parece no acabar nunca pues el reto sigue al otro lado del barranco. 

Al final de este collado se divisa una estupenda vista hacia el sureste que será un preludio de lo veré desde arriba. Pero lo malo no ha hecho más que empezar. 

Delante de mí una rampa recta y pronunciada con un firme de imposible subida. No me planteo ni siquiera bajarlo subido en la bici, así que intentar subirla ni loco. Echo pie a tierra y remonto la rampa empujando la bici y con continuos resbalones sobre las piedras sueltas. Apenas culminada la rampa monto otra vez y unos metros subido en la bici encuentro que este repecho hay que bajarlo, si si, bajarlo, primero bajo de la bici y luego bajo lo que acabo de subir pero por la otra vertiente, con algunos tramos en peor estado incluso. Al frente veo la rampa de la montaña que sube otra vez, esa sí hacia la cima. Llegado al valle otra vez para arriba y sigo empujando la bici porque el camino es un pedregal en toda regla. La diferencia con el pico Nevera es ninguna; caminos rotos y abandonados al capricho de los elementos y al paso de senderistas y bikers. El esfuerzo es tremendo y empieza a hacer mella, más que nada en la moral, con golpes continuos desde hace rato por debajo de la línea de flotación mental. Incluso he llegado a pensar dar marcha atrás y dar por concluida la subida, pero no tenía nada mejor que hacer el resto del día, así que esta batallita me voy a apuntar, con un par. 

Llego arriba exhausto y aprovecho unas piedras planas junto al vértice para hacer una parada e incluso una pequeña siesta. Las vistas no van a mejorar ni empeorar en unos minutos. 

Tras el descanso es tiempo de la observación y de regocijarme en haber subido la cota más alta cercana a casa, conquistando los 1250 metros de esta cumbre. 

La lejana bruma no permite ver el mar, pero a falta del gran azul otra mancha de agua, esta vez el embalse de Buseo, es un poco visible casi escondido entre las montañas. El sol está en su máxima expresión y junto con el viento cálido y la culminación de una subida dura y una sudada terrible me aconsejan ponerme la chaqueta para la bajada, aunque ahora al principio tendré casi 1Km. de pateo entre piedras. 

Hago algunas fotos maldiciendo la mala suerte por la bruma pues en un día claro las vistas deben ser imponentes, para estar aquí horas y horas sumido en la contemplación del espectacular paisaje. Ya toca bajar, me resisto a tener que andar todo lo que he subido antes y decido probar encima de la bici, la baja velocidad, los pedruscos que me hacen tener más de un susto y el recalentón de frenos que les estoy dando, aconsejan bajar y patear, así que al final claudico y me digo que me tomaré cumplida venganza en cuanto esto mejore lo más mínimo. Efectivamente tengo que llegar hasta aquel primer mirador, tras remontar el valle y bajar por el otro lado, para poder subir a lomos de la “Zesty” que se estaba impacientando tanto como yo. Aquí ya no hay mal firme que valga y dejo rodar la máquina a su gusto, eso sí, tirando de freno cuando esta se pasa de la raya. La alegría dura poco y hay que ir moderando la velocidad por pura lógica, pues esperar a última hora haría imposible la frenada en la mayoría de los casos ante los continuos botes entre piedras y baches. Así llego nuevamente al corral de Don Manuel, la Casa de la Roja y el cruce por el que antes llegué. Ahora giro a la izquierda y sigo hasta unos corrales en la parte derecha del camino, a la izquierda y delante de ellos unas viejas y abandonadas casas, Las Casas de Panoja. 

Otro antiguo testimonio de un pasado más duro, más limitado y más puro, un tiempo en lo que se sabía diferenciar lo importante de lo superfluo. Un tiempo en que vivir sin móvil era posible, la caída de la red era impensable y las redes sociales se desarrollaban entono a un fuego, o un lavadero, o con una azada en la mano, un tiempo en que no dependíamos para todo de mirar una pantallita. Un tiempo en que te comunicabas con quien tenías delante de los ojos y no a través de una pantalla ignorando a todo aquel que te rodea permanentemente. Esta zona me trae más colores de otoño, aunque la climatología está siendo benévola no deja de ser otoño y la temperatura aquí en el altiplano no tiene nada que ver con “la caló” que tenemos allá abajo. 

Los rojos mate van tomando al asalto las viñas, ese carmesí, purpura o escarlata irá tomando las hojas secas y muertas de las vides hasta dejar las cepas solas, que tras la poda volverán a comenzar el ciclo de este vino tan nuestro y tan apreciado últimamente. Luego una antigua mina a la izquierda del camino acompaña a la vía del tren. 

Me acerco al puente por el que cruzaré al otro lado pero antes llego a una explanada con un vallado perimetral y una especie de escenario en uno de los lados, tan solo una paloma dibujada en la pared trasera y unas flores dan alguna pista de para qué se utiliza esta explanada. Tras pasar el puente la carretera me lleva al apeadero de El Rebollar para comprobar que hubiera ido bien de hora para coger el tren, pero siempre con el reloj como único guía. 

Ahora llego con tranquilidad hasta el coche, unos estiramientos y la vuelta a casa con la satisfacción de haber alcanzado una cima que hacía tiempo que se resistía. Ya estoy deseando llegar a casa y saborear esa cerveza mientras compruebo qué IBP ha marcado esta ruta para dejarme las piernas más tocadas de lo que esperaba.