sábado, 21 de julio de 2012

Calles-Cerro Simón


La ruta estaba diseñada hacía ya algún tiempo. Pero por una razón u otra la había ido aplazando hasta que la fatalidad ha querido que, hace un par de semanas, el desastre ecológico del incendio de Andilla hiciera mella en este bello paisaje a caballo entre la Serranía y la serra Calderona. Lo veré casi de refilón, a pesar de que el incendio llegó hasta aquí arriba, pero el grueso del fuego se perdió en la distancia y solo veré la punta del iceberg. Solo con eso ya dan ganas de llorar, así que me he dedicado a disfrutar más a fondo los paisajes arbolados que he ido encontrando, quizá sea la última vez que los veo así, ojala que no. Pero vamos al relato.
El tiempo para hoy daba sol y calor para esta tarde, que novedad. Lo que no decía con mucha contundencia, casi con ninguna, es que esta mañana amanecería nublado, tanto que mientras desayuno caen un par de gotas. Así que me pongo en marcha a las 9 de la mañana con las nubes cubriendo el azul del cielo, hoy no se si es azul esmeralda o verde turquesa. Casi en la primera pedalada la ruta ya pica hacia arriba, la subida de Saletas se muestra pasmosamente tranquila, como si me esperara después de tanto tiempo sin subirla. 

A la izquierda, la cumbre del pico Remedio se asoma entre la calima y las nubes como algo ilusorio, un espejismo que invita a visitarlo. La suave pendiente se mantiene hasta el depósito de agua del pueblo, allí “Perico” toca su música de asalto y allá que se me viene encima una rampa del 12%. La primera en la frente. No por esperada se suaviza el brutal contraste que sienten las piernas al afrontar este coloso. Un par de curvas después llego a la fuente de la Losa y paro a llenar de agua la camel que traía vacía para aligerar peso al menos por unos metros. El paraje es precioso e invita a un pequeño relax, pero no hay tiempo para ello. Me pongo en marcha oliéndome los peores momentos de la subida. 

En la siguiente curva ya llega la señal del 16%, perece increíble pero sigo subiendo como cada vez que he pasado por aquí. Llego arriba hasta la compostadora y tomo el camino de la izquierda que sigue subiendo; también se ha terminado el asfalto y el camino de tierra toma el relevo. Este tramo no es tan brutal como la rampa asfaltada, aun así no te deja que te duermas, pero el camino biker siempre es más entretenido que el negro asfalto. Otros 5 Km. de subida me llevan hasta casi los mil metros de altitud. 

Las panorámicas desde aquí arriba son indescriptibles, aunque hoy, con la calima tan cerrada, apenas se muestran. Sigo el camino de Chelva por Mas del Herrero, dejando a mi derecha el alto del pico Castellano. 

Inicio la bajada disfrutando de la enorme pinada que se aglomera en la parte norte de esta montaña. Llego a las lagunas de las canteras y descubro que el camión que estaba criando óxido en esta cantera ha desaparecido, es lo que tiene la crisis y la chatarra, al menos sirve para limpiar un poco la basura que se acumula por los montes, ya que no lo hacen ni los forestales, ni la policía local ni el seprona, incluso habiéndoselo indicado con coordenadas GPS en un correo electrónico: que ya se lo comunicarán al departamento correspondiente, y ahí se quedará la cosa, ya me lo veo venir. 

Tras las canteras, otra subidita y llego al camino por el que volveré esta tarde. Ahora lo dejo a mi derecha e inicio un suave descenso que truncaré para tomar a la izquierda, el camino de fuente Madrid y los corrales de los Arcipreses. La fuente no la llegaré a ver. En su lugar llego hasta el confín de la Hoya de Antaño, pues aquí, a mi izquierda ya empieza la montaña. Hacia la derecha una inmensa hoya entre montañas, un valle que en otros tiempos estaría plantado;ahora apenas se cultiva nada, la rala vegetación es el pasto de un rebaño de cabras que ahora aguardan en la vieja casa. 

Bajo hacia una pequeña rambla y giro a la derecha subiendo hacia las casas de Hoya de Antaño. Un par de enormes mastines me indican su presencia desde lejos, ladrando con desgana pero dejando ver su imponente presencia, así que la parada programada bajo los grandes pinos para almorzar, la aplazo hasta llegar arriba de la montaña. No es que les tenga miedo, pero no parece buena idea almorzar allí y no darles nada a los perrunos anfitriones para almorzar, no sea que se ceben en mis canillas y no pueda subir después la montaña. Mi vista se centra en los gigantes dormidos que presiden la montaña. 

Por encima de los pinos replantados, en alineación militar, los molinos siguen tan parados como lo estaban hace dos semanas cuando hice la ruta: http://bikepedalvalencia.blogspot.com.es/2012/07/aras-aldeas-de-alpuente.html Aquí seguimos sin pagar el viento, o la luz que mueve los motores de los molinos, una de dos… o las dos, que ya que estamos: para qué vamos a quitar unas esculturas de aviones en el absurdo aeropuerto de Castellón, si podemos recortarles prestaciones a los parados o cobrar por las recetas, etc.
Inicio la subida. La rampa no supera, de media, el 7%, pero el estado del firme es tan intransitable que me obliga un par de veces a echar pie a tierra. 

Recuerdo que el IBP, esa enorme herramienta que utilizamos para valorar la dureza de una ruta, no tiene en cuenta el estado del firme. Se basa en que la mayoría de bikers considera inapreciable el estado del firme para valorar la dureza de una ruta… pues no se que puede haber más determinante. Aparte de rachas de viento por encima de 30 Km./h. Acabo  de subir 10 Km. a una media del 10% sin despeinarme, cosa bastante fácil para mí, lo de no despeinarme digo, y llevo menos de 2Km. sin superar el 7% y ya estoy maldiciendo los put… pedruscos del camino, y lo que me queda hasta arriba. Pero está clara la dificultad de poner nota al estado del firme: lo que unos consideran una trialera otros  lo consideran una senda y otros pensamos que es un tramo técnico, y otros ni si quiera se atreven a bajar por él. En fin. Dándole vueltas a la idea sigo subiendo por este pedregal que era la parte más temida de la ruta conocida, no me equivocaba, y no ha cambiado desde que la subí hace ya algún tiempo. A falta de 20 metros para llegar arriba se pone en marcha el primer molino, luego, poco a poco, se ponen en marcha los demás. Como si supieran que los iba a poner a caldo, cosa que seguro que se la trae al pairo, pero en fin, cosa de poder taparme la boca. Me paro junto a la caseta de las antenas para almorzar protegido del viento, ya que la sudada y las nubes hacen que el viento sea fresquito. El pico Ropé, al otro lado del Turia no es visible debido a la bruma. Así está el día. Bendigo las nubes que tapan el sol y que me han permitido llegar hasta aquí arriba sin padecer los rigores de san Lorenzo del 16 de julio. Conforme acabo de almorzar las nubes se van dispersando y abriendo para mostrar el azul del cielo que por fin sí que está allí. Es un azul celeste claro y límpido. Pero algunas nubes obstinadas siguen interponiéndose entre el sol y mi agradecida piel.

Me pongo otra vez en marcha subiendo y tomando el camino de la derecha, este me lleva hasta los molinos del norte y tras llegar al más alto de ellos y ver las obras para la colocación de nuevos molinos, bajo hasta la carretera, giro a la izquierda y sigo en descenso hacia La Yesa por la CV 345. Llego a una curva donde la carretera hace un giro pronunciado a la izquierda, de frente otra carretera asfaltada se dirige hacia La Pobleta y Andilla, y a la derecha un camino que indica a fuente Canaleta. Tomo esta camino de tierra que pronto empieza a subir, llego al depósito de incendios y poco después veo la fuente, o al menos el abrevadero, a mi derecha. Me incorporo al camino que viene de allí junto a un muro de piedra y giro a la izquierda. Enseguida una casa en ruinas junto a un cruce de caminos. A la derecha el camino que sube hasta la cruz de Higueruelas. Allá que voy. El camino empieza a picar con más contundencia hacia arriba por un firme bacheado y rugoso, pero nada que ver con la subida de los molinos de Peñas de Dios II. La curva que hace el camino parece alejarme más que acercarme a mi objetivo. Aunque a base de pedaladas iré acortando la distancia. 

El camino llega hasta la base de la montaña que alberga la cruz y V.G. El último tramo lo hago a pie cargado con la bici, por una senda de piedras pero perfectamente distinguible. Por fin he subido al alto de las Peñas de Dios. Arriba las vistas son magníficas. A los pies de la montaña, un poco alejado hacia el sur, Higueruelas es una mancha en medio de los cuadriculados campos de cultivo en medio de la llanura. Sobresalen, aquí y allá, o sea, por todos lados, la multitud de canteras que se comen las montañas poco a poco, de forma más lenta que los incendios pero a la vez más despiadada. Herida abiertas en la piel de la tierra que supuran su roja riqueza mineral. La calima cubre el horizonte y me impide ver todos los lugares conocidos y por tanto me dificulta orientarme a golpe de montañas. 

A mi izquierda la cumbre del Cerro Simón, mi próximo objetivo, me espera soterrada bajo las espadas móviles de las aspas de los molinos, que junto con los anteriores ya han comenzado a moverse. Inicio el descenso hasta aquella ruina junto a la fuente de la Canaleta. Allí tomo a la derecha para acercarme al corral de Serrano, una aldea abandonada rematada con un horroroso corral que desvirtúa la solemnidad de las ruinosas y antiguas piedras, allí tomo una pista forestal a la derecha que sube hacia el cerro Simón. Es curioso, e incluso ahora, fuera de lugar, el cartel que indica la alineación de 7 depósitos contra incendios. Quizá, como los molinos de viento, estaban apagados, digo… secos. El valle que me separa de la mole de La Salada, alberga el nacimiento de multitud de barrancos, entre ellos el río o rambla Andilla que luego se transformará en la conocida rambla de Artaj para desembocar en el Turia. El valle crece a mi izquierda y tras él se levanta la mole de la Salada con la base militar coronando la montaña. Andilla queda a los pies de esta montaña. La negra estela del avance del fuego se puede leer desde el mismo pueblo en todas direcciones. 

En las montañas del fondo, los caminos blanquean con su línea de tierra, la negra lámina de muerte-destrucción que asola el paisaje. Aquel camino que subimos desde Oset por el Puntalico, aquel enorme bosque que admiramos con reverencia y devoción, es hoy una negra sombra de cenizas y apagado color. El olor a ceniza y quemado es penetrante con cada ráfaga de viento. Me escuecen los ojos y no es por el olor ni por la ceniza, o sí. Me lloran los ojos para liberar la rabia del alma que grita de frenética impotencia y se une a la de los habitantes de estas tierras, que ven su paisaje, su presente y su futuro calcinados por unos inapropiados planes de extinción de incendios y por la incompetencia de quienes deberían ponerlos en marcha. Conforme voy subiendo y tomando altura la magnitud del desastre se acentúa y crece. No digo que un desastre así se pueda prevenir, aunque se pueden tomar medidas para amortiguarlo, pero sí que se podría, se tendría, que atajar antes de permitir que llegara a tomar estas proporciones. Sigo pensando que los medios aéreos se pueden desplazar desde cualquier punto en menos de dos horas para atajar algo antes de que se vaya de las manos.
La subida es tendida y el firme está en perfectas condiciones. La caseta de vigilancia forestal se yergue en la cima de la montaña. La vigilancia del incendio forestal se haría de primera mano pues el fuego llegó hasta el borde de la misma casa. Llego a un cruce de caminos y sigo el de la izquierda para subir a la cumbre. Allí arriba la caseta y el V.G. Los pinos calcinados están en la orilla del camino. 

En un monte hacia el sur-este, junto a dos molinos se ve la virulencia del fuego en el arrasado paisaje que ha dejado a su paso. La devastación es sobrecogedora. Pero el monte al otro lado de Andilla es indescriptible. Es un horror dantesco. A estas horas el sol ya empieza a pegar de lleno, además no hay nada más que ver aquí arriba, pues cuanto más veo más de mal humor me pongo. Me dejo caer para llegar al cruce que tomo a la izquierda en bajada. 

Paso junto a aquellos molinos que veía desde arriba y compruebo la desoladora impresión que tenía desde lejos. Sigo bajando, a la derecha y la bajada se hace rápida y divertida. El camino no es lo mismo que subía por el otro lado pero no tiene dificultad. 

Bajo por una pista, entre la pinada que intenta disimular el horror que esconde la otra vertiente de la montaña. Abajo hago una pequeña excursión entre los campos de cultivos, principalmente almendros, de la zona, antes de entrar a Higueruelas por la cantera de caolín que ya conocí en la ruta de Alcublas. La fuente del Olmo me recibe con su arboleda y frescor. Tengo previsto comer en la fuente del Ladrón, así que salgo del pueblo en dirección sur-oeste con vistas a la montaña de la cruz. 

Bajo hacia la zona de acampada y fuente y paro en aquel remanso de tranquilidad. Tras la comida lleno la camel y me pongo protección solar, que la voy a necesitar. Continúo el camino en bajada junto al barranco esperando ver el desvío a la derecha que me meta en la montaña. La subida no se hace esperar y me pone mirando hacia arriba de forma contundente por el camino del Solito, a mi izquierda dejo el camino que sigue hacia Villar del Arzobispo. 

Salvo alguna rampa fuera de lugar, el desnivel es continuo pero moderado. La pinada me da sombra y atenúa la fuerza del sol a primera hora de la tarde. La rambla de la Salceda se acaba y con el camino y llego hasta el conocido camino de Calles a Higueruelas, he cerrado otro circulo por las montañas valencianas. Esas montañas olvidadas y despreciadas por los políticos que no hacen nada por cuidarlas y protegerlas. Esas mismas montañas que nos proporcionan el poco aire limpio que respiramos. Esas montañas que en otros tiempos nos abastecieron de leña y de hielo, de agua y de medicinas en las viejas boticas. En este país parece que las únicas montañas que cuentan son los Pirineos, y porque hacen frontera con Francia, que ya es Europa. Pues aquí también tenemos nuestros pequeños tesoros, nuestros rincones únicos, nuestros pequeños y bravos ríos. No es preciso compararnos con los Pirineos, pues ni podemos ni queremos. Pero salir a disfrutar de nuestras montañas es una recompensa incalculable, un tesoro para nuestras almas y nuestro bienestar.
Giro a la izquierda e inicio una pequeña bajada que pasa por las canteras y me ofrece otra visión, otra luz de estas pequeñas charcas. Sigo bajando hasta el desvío de Mas del Herrero que dejo a la derecha y allí mismo inicio la última subida del día. Las pilas ya están bajo mínimos y el sol castiga más la mente que el cuerpo, y cada pedalada parece una losa que cargar en esta última subida. 

Me apoyo, visualmente, en la pinada que cubre la falda norte del Castellano. Paso aquel letrero inverosímil que indica fuente del Ciruelejo, inverosímil porque la fuente no está indicada en ningún otro sitio excepto este letrero en mitad de este camino (y aquel otro diez Km. antes, abajo en el pueblo de Calles) y, por lo tanto, es inexistente a no ser para un zahorí. Parece, mejor dicho es, una broma de muy mal gusto. Poco después llego a la cima. Esta cima en la que he almorzado alguna vez y que deja la subida al cerro Castellano a mi izquierda, y unas vistas extraordinarias del valle hacia el pico del Remedio a mi derecha. 

Comienzo la bajada. A la derecha el camino del Castellano, sigo recto y remonto un pequeño repecho casi con la inercia de la bajada. Y ahora sí que es todo para abajo. 9 Km. de tremenda bajada que no había hecho nunca desde aquí arriba. Conozco el camino, el firme, las curvas, la gravilla, las pequeñas trampas de arena que hay. Solo un imprevisto me puede dar algún susto. Así que, con todos estos conocimientos me pongo en posición aerodinámica, suelto suspensiones, compruebo las calas… y me lanzo al abismo, que es lo que parece desde aquí arriba. Cojo velocidad de forma inmediata, toco freno para corregir la trazada antes de las curvas y no encontrarme con una derrapada que me descompense en mitad de la inclinada. La velocidad media de la ruta sube décima a décima. Los frenos sisean ante los contundentes y leves toques para controlar el avance descontrolado de la bici que no quiere cortapisas en su loco descenso. Menos mal que estoy yo para poner un poco de cabeza a esta bendita locura. La euforia y los golpes de adrenalina son tan brutales que difícilmente puedo retener el avance de la bici y casi me olvido de frenar, dejando rienda suelta a las enloquecidas ruedas. Soy casi como un mal padre que le consiente todo a su malcriado hijo. Pero no, la responsabilidad me obliga a seguir dando esos cortos toques de freno que me permiten la trazada que yo quiero al cambiar de rodera y pasar entre los montones de grava que se hacen en la mediana del camino. Antes de lo que pensaba estoy junto a la compostadora y se acaba el camino de tierra, llega el asfalto. La velocidad se duplica y la sonrisa ya es imposible quitármela de la cara. Está cincelada en mi alma. Curva a curva las frenadas se hacen más contundentes y las aceleraciones más bruscas, y así llego hasta el depósito de agua y en la siguiente curva al final de la bajada. Un “hiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiihaaaaaaaaaaaaa” sale de mi boca mientras doy pedales en lo que queda de bajada hasta el pueblo. En la recta pedalearé a casi 60 por hora presa de tanta euforia y regocijo. No solo por la bajada, sino por la ruta memorable que he tenido el privilegio de rodar.