martes, 3 de mayo de 2016

Jarafuel




Volvía a poner La Zesty a rodar. Desde noviembre del 2014, con la excepción del finde biker de Camarena de la Sierra con el grupo, esta era la primera ruta desde hacía más de un año. Muchas, muchas cosas han pasado desde entonces… pero,  centrémonos en la ruta, en las sensaciones que ha dejado, en las fotos recogidas, en este texto que intentará explicar lo vivido en esta jornada irrepetible.



Esta era una de esas rutas que estaban por ahí, por mi cajón desastre de rutas preparadas para realizar y que nunca se había llevado a cabo, luego en una de esas veces que petó el ordenador pues se perdió como otras tantas que me toca ir rehaciendo de vez en cuando. Hablando recientemente del próximo finde biker surgió la idea del valle de Ayora y ya está tenía que recuperar este trazado. Intuía una ruta bonita pero la realidad supera a la ficción infinitamente.
Así que salimos de casa con el Ibiza cargando a la Zesty que desde el techo tiene un lugar privilegiado para ir oteando el paisaje. Teba me acompaña y esperará en el campamento base estudiando y dando un paseo a que yo vuelva para comer juntos. A las 10 en punto me pongo me marcha desde el área de recreo de Tollo Pillete. Me dirijo hacia el sur, como si volviese buscando la carretera que unos minutos antes dejaba atrás dirección Carcelén. Ligero ascenso en estos metros iniciales que sirven para calentarme ante el fresquito que, a pesar del intenso sol, luce esta mañana. Llego hasta el cruce y veo la rambla de la Espadilla a mi izquierda, seca, como si nunca hubiera conocido el agua. Giro a la derecha y sigo el camino asfaltado con la muela a mi derecha y el pequeño valle de la rambla a mi izquierda. Al otro lado la carretera de Carcelén que de vez en cuando se deja oír con algún coche que pasa atronando este paisaje calmo y silencioso. 

Los trigos crecen con parsimonia custodiados por alegres amapolas que pintan de alegría los monótonos verdes del joven cereal. Un escarabajo cruza la carretera con paso bamboleante pero decidido. 

Sigo adelante y llego a la Finca Peris. La casona parece haber vivido mejores momentos, aun así el lugar ocupa un espacio privilegiado en este tranquilo paraje. Desde el cruce voy llaneando pero parece que no avanzo pues voy disfrutando tanto de la experiencia, casi nueva para mí de estar metido de lleno en una ruta, que la miro “con ojos de principiante” cosa que intentaré aplicar al resto de la ruta. 

El alto de la montaña ha sido tomado al asalto por los enormes molinos eólicos que pueblan las cumbres de nuestras montañas. Pocas son las sierras que aún se ven libre de está “planta invasora” cosa que lejos de lo que pudiera parecer no ha servido para bajar el coste de la electricidad que consumimos en nuestros hogares, más bien al contrario. Energía de producción gratuita que pagamos a precios astronómicos. Pero en fin, ese es otro tema.

En la Cañadilla dejo el asfalto tomando el camino a la izquierda en suave bajada hacia el P.E. Villanueva II. La bajada es un espejismo y pronto comienza la subida. Los molinos que veía a mi derecha antes de dejar la carretera son mi destino. El camino es ancho y no presenta ninguna dificultad, aparte de la gravilla gruesa que impide un rodar más suave y uniforme. Ni siquiera la subida pone una dificultad especial. Subo a tren, con calma y disfrutando del paisaje entre pinos, jaras y tomillos que inundan el paisaje con un aroma encantador. Llego al desvío a la derecha hacia el mirador en lo alto de la muela. Esta muela mira hacia el norte y preveo unas vistas abiertas sobre el cañón del Júcar. Ese es el motivo por el cual me decanto por esta subida y no por la del Castillico unos metros más adelante a la izquierda con magnificas vistas, intuyo, al valle que hace poco veía a mi izquierda. Pero en esta primera ruta no estoy aún para forzar y tuve que decantarme por unas u otras.

Poco a poco, a cada pedalada, voy entrando en los dominios de esos gigantes de acero. El leve viento los mueve un poco y dibujan la sombra de su lento movimiento cortando el camino que transito. Una espada de oscuridad se mueve como un espejismo sobre las plantas que bordean el camino y el efecto crea un extraño magnetismo, un movimiento que las retinas casi no pueden comprender y que avanza como las olas hacia mí. Divertido e inquietante al mismo tiempo. Sigo adelante hasta el último de ellos, el que queda más lejos y más arriba. 

Allí un mirador de madera a modo de balcón se asoma, no tanto como yo querría hasta los cañones del Júcar. Las vistas son impresionantes. Los murallones rocosos muestran su colorida geología y parecen indicar un hundimiento del terreno más que una erosión a lo largo de los años. Más cerca, justo debajo de la montaña se muestran diversos caminos que cruzan la sierra y se adentran en territorio manchego. También el aula de la naturaleza de Moragete y la casa Los Seros son visibles desde aquí arriba. Almuerzo alternando la sombra del enorme molino con el solecito del mirador disfrutando de las vistas y de la enorme sensación de quietud que se respira aquí arriba. El tiempo parece detenerse; el paisaje es ajeno a todo problema y uno se pregunta si podría ser paisaje, quedarse aquí una eternidad… o dos. Me viene a la memoria una estrofa del último disco de Love of Lesbians:

La vida es más fácil si andas despacio, 
¿no ves que nadie llega al fin? 
que fuera epitafio de el hombre más sabio un 
“yo sólo pasé por aquí”… 

Con esta musiquilla en la cabeza ataco el bocata regado con la cerveza que aún está fresquita. 
Calma chicha rodeado del extasiante aroma de los tomillos. Respira aquí y ahora.

Me pongo en marcha para completar los dos segundos tercios de la ruta. La bajada imponente va cobrando velocidad en esta larga recta hasta el camino. Giro a la derecha en subida, encuentro el camino del Castillico y lo dejo atrás con pena, pero hoy no toca. Sigo bajando entre pinares, tomillos, ramblas y barrancos. Los molinos van quedando cada vez más arriba, tan cerca y tan lejos ante este sinuoso abrazo del camino con la montaña. Bajada rápida, divertida y sin grandes obstáculos.

Paso junto a la fuente de Moragete sin agua que fluya. Poco después encuentro el camino de asfalto que dejé allí en la Cañadilla, este baja hacia el aula de la naturaleza. 

El refugio cerrado deja poco sitio donde refugiarse en caso de que te pille una tormenta o la noche en plena montaña. Sigo bajando ya de manera menos pronunciada hacia la casa Los Oseros. Es el último tramo de bajada de este segundo tercio. 

Ante mí el camino sube acurrucado en las paredes de la montaña y los abrigos y cuevas se hacen visibles también a este lado del río. 

En plena subida me acerco hasta la entrada de la Cueva de Don Juan. Un lugar espectacular que visitamos hace unos años en la excursión del domingo de la ruta: http://rodaipedal.blogspot.com.es/2010/09/cronica-de-los-embarcaderos-de.html

Tras este pequeño desvío sigo subiendo hasta otro desvío a la izquierda hacia el  mirador Los cañones del Júcar. 

Impresionante lugar al pie de los cortados. Desde aquí se hace más evidente el camino que circula a media altura del cortado en la vertiente norte del río. Solo queda una breve subida hasta el altiplano de la muela ya por asfalto. Allí arriba llanearé hacia el oeste buscando la bajada hacia Jalance. Nada más iniciar esta espectacular bajada llego al mirador de Jalance. Otro lugar espectacular. 

El castillo de Jalance aparece empequeñecido y casi ninguneado ante el acaparador protagonismo de las enormes chimeneas de la central nuclear de Cofrentes. Sigo con la bajada apurando frenos en cada curva y volviendo loco al GPS que casi no le da tiempo de actualizarse ante los contantes cambios de dirección. 

Llego muy pronto al desvío que tomaré a la derecha en plena bajada. No tiene pérdida pues indica hacia la fuente del Tobarro que fue el primer lugar que tomé de referencia para hacer esta ruta. Desde allí solo es seguir hasta cerrar el círculo. Ya no abandonaré el asfalto y la carretera bordea los recovecos que dibuja el barranco del agua conforme lo voy remontando. El paisaje es bonito pero se me hace largo este tramo con subidas algo más duras de lo que esperaba en esta zona. 

El área del Tobarro es una preciosidad metida en la umbría de un espeso bosque. Fuentes, agua, humedad, sombra, un pequeño refugio abierto y ¡¡¡ LIMPIO!!!

Sigo adelante encarando el último tramo de subida y como si se tratase de una venganza resulta ser la rampa más dura, o casi, de toda la ruta. 

Ya poco importa, el frescor de la cerveza que me espera unos metros más allá, en el campamento que hemos improvisado, ya me empuja en este final de subida hasta llegar al área de recreo donde hace casi 5 horas comencé la ruta. Llego eufórico de paisajes y sensaciones, de reencuentro con las montañas y las rutas que tanto me reconfortan y me fortalecen.


Track de la ruta: http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=13642067