viernes, 16 de septiembre de 2016

Montanejos-FuentesdeRubielos-EmbalseArenós



Última de las tres rutas de la semana de vacaciones. El colofón será una ruta dándole la vuelta al embalse de Arenós. Casi la mitad de la ruta, desde Fuentes de Rubielos hasta Montanejos, repetía por la carretera y ya lo conocía de ayer cuando vinimos en coche desde La Virgen de la Vega, pero es que tampoco hay muchas más opciones si quería ver, al menos,  una parte del embalse. La ruta no presenta ninguna dificultad técnica pues es absolutamente todo asfalto. Por no faltar a la verdad sólo el desvío a la Mateba y los últimos metros del río antes de subir a Montanejos son camino de tierra. 99% asfalto. Aunque eso sí, son más de 1300 metros de desnivel positivo.

A las nueve y media, después del desayuno, me pongo a pedalear en una mañana fresquita aunque ni mucho menos de lo antes de ayer en la sierra de Gúdar. Día soleado aunque con muchas nubes que irán tapando y destapando este magnífico cielo azul que con ellas aún resalta más. Bajo hacia el pueblo, hacia el puente sobre el río Mijares. Cruzo al otro lado por la carretera de Zucaina y llego a un mirador. 

Vista del rio con el puente y la pasarela a ras del agua. Bella estampa para desperezar el día. Sigo por la carretera, que tras el puente ya empieza a picar hacia arriba, solo unos metros más para llegar a fuente Cerrada. Esta área, con un pequeño merendero es un sitio agradable pero sin vistas al quedar “cerrada” entre los árboles. Cargo aquí el agua que me acompañará toda la ruta y vuelvo a la carretera. Poquísimo tráfico del que preocuparme, la pendiente ya es otra cosa. En menos de 1Km. tomo una carreterita a la izquierda, también asfaltada y con una primera rampa diabólica. Es el camino de Montán a Cortes de Arenoso. Este camino discurre paralelo a la carretera pero unos metros por encima, que son los que gano en esta primera rampa. Este paralelismo se rompe cuando el camino empieza a girar al noroeste. Metido en un espeso pinar el sol no llega a calentar, para eso ya está la rampa que se mantendrá  constante entorno al 7% durante los siguientes 7Km. El camino perfecto, sin un solo bache prácticamente. 

La pinada impresionante. El aroma extraordinario: pinos, algo de la humedad que conserva el suelo cubierto de pinocha, la vegetación típica de monte bajo con el predominio de plantas aromáticas; en fin, todo un placer y un lujo poder estar gozando de este espectáculo de naturaleza viva. 

Otra de las constantes que me acompañarán en esta ruta es la dispersión de ruinas de antiguas masías. Como el otro día subiendo hacia Valdelinares. Cuánta historia encierran esos viejos y derruidos muros. Unas curvas de zigzag marcan, prácticamente, el final de la primera subida. Ya con unas vistas un poco más abiertas empiezo a obtener destellos de paisajes sobre el embalse, lejano pero refulgiendo de azul entre el verde pinar.  

Al fondo, sobre todo ello, el pico Pina, de tragitriste recuerdo para mí pero con la alegre nostalgia que dejó aquel rutón impresionante: http://bikepedalvalencia.blogspot.com.es/2014/11/caudiel-pina-de-montalgrao.html  
Volvió a la Tierra y habló de Marte 

pero la historia nadie creyó 
sólo quedaba el recuerdo de alguien 
que murió al sol


El vuelo de Ícaro - La Unión

Estos próximos 10Km. son un continuo subir y bajar para al final conseguir un balance casi perfecto de desniveles positivo y negativo, pero el acumulado positivo pesará en las piernas. 

Proliferan aquí, en este tramo, las viejas masías abandonadas. Muros desvencijados que siguen enmudeciendo al paso de los días, al un ritmo que es distinto para ellos.

Una de ellas incluso con una especie de hornacina, que me da que pensar que quizá hubiera  sido una antigua ermita o iglesia. A partir de aquí el protagonista absoluto del paisaje es el Penyagolosa.  

Domina el entorno. Atrae la mirada como un faro en la oscuridad. Es casi hipnótico. Es una espada hendiendo el cielo. El más de la Atalaya puede que le deba su nombre. Qué magnífico emplazamiento.

El camino llega al desvío del mas de Mateba; sin duda he de ir hasta allí. 

Esta masía, reconvertida en refugio-casa rural, tiene una curiosa escultura en su puerta de libre interpretación. Retrocedo hasta el camino, giro a la izquierda siguiendo el rumbo que antes llevaba y pasando junto a otro asentamiento en ruinas. Poco después me llama la atención un curioso letrero: rápida asociación de ideas que, como una llamada al infierno, me trae a la imaginación la película Dante’s Inferno. 

Acabo este tramo del camino junto al roble el Rebollo. Un magnífico ejemplar de más de 700 años de antigüedad y más de 15 metros de altura, ríete de las masías de antes. Acabada la primera parte de subida de la ruta, aprovecho este monumental árbol para acurrucarme a su vera, en un hueco de su áspero y reseco tronco, como si de un falso abrazo se tratara pero que para nada es así. Aquí abajo noto su calor, su ternura, su suavidad y casi un incomprensible susurrar de palabras que me reconfortan. Es mi película, es lo que yo quiero y deseo escuchar, y es lo que yo quiero sentir, el contacto con la naturaleza más pura. Para eso, sobre todo, subo a la montaña. 

Con su inmenso tronco me protege de un viento que llega del interior, de la tormenta que dejé atrás en la sierra turolense y que me persigue en estas estribaciones más orientales del sistema ibérico. Almuerzo bajo esta vieja piel que cuenta sus historias. Historias que difícilmente puedo comprender bajo el prisma de un mundo que corre demasiado rápido. Si apenas podemos recordar e imaginar nuestra vida hace 30 años sin internet, ¿cómo voy a poder comprender la forma de actuar del mundo de hace 700 años?, sin luz, sin nada que funcionara con electricidad, pilas o baterías. Sin gasolina. Sin relojes. Sin tiempo que medir salvo el final y comienzo del día, salvo la hora de comer que marca el rugido del estomago. Sin prisas. O al menos con una prisa contenida, medida, una prisa sana y no esta locura no que tiene fin. Sigo mis elucubraciones pensando que me tengo que ir, que yo vivo en este tiempo. Apuro el bocata y la cerveza mientras le doy palmadas a este tronco e intento atrapar esa energía, ese saber estar, ese fluir. Me despido. 
Apenas a unos metros está la carretera de Cortes de Arenoso a Fuentes de Mora.  

Giro a la izquierda y comienza una bajada larga, no excesivamente pronunciada pero en la que el fácil rodar por buen asfalto eleva la velocidad de forma considerable. Un par de curvas de herradura me harán desempolvar los frenos y ponerlos a prueba. Abajo el paso sobre el río del Morrón marcará el cambio de provincia y el cambio de plano, pues esto empieza otra vez a subir. Otros 5Km. al 5% de desnivel. Con las nubes que no han acabado de asentarse en todo el día y ahora, en lo más profundo del mediodía, se abre un inmenso claro que ya me acompañará todo el resto de la ruta, pero justamente ahora en la subida… Pedaleo para arriba con lo que hay, o sea, con todos los hierros metidos y las suspensiones bloqueadas, como siempre, que novedad. Me adelantan un par de camiones y poco más, pues no hay mucho tráfico. Sigo mi ritmo cansino e inconstante ante las muchas paradas para hacer fotos y admirar paisajes de pinares interminables, qué gozada.  

En una curva del camino se asoma, en lo alto de la loma de enfrente, el caserío Las Clochas, tan mimetizado con la montaña que apenas se sabe dónde termina uno y dónde termina la otra. Sigo subiendo y dejo atrás el camino, a la izquierda que se dirige al caserío. Casi a esa altura, pero a la derecha, hacia el fondo del barranco que me acompaña, una fuente y unas escaleritas para bajar hasta ella. No bajo pues estoy muy cerca del pueblo. La parte final de la subida coincide con la entrada de viento del oeste en este pequeño valle. Cuestión que aún ralentiza más mi ritmo pero que no llega a enfriarme debido al calentón que llevo desde que dejé la provincia de Castellón. La carretera pasa por la parte norte del pueblo y se distancia poco a poco de él. Yo tomo la primera entrada a la izquierda y entro en el primer núcleo de población de las tres que tiene este pueblo. Allí encuentro una fuente, un peirón y un camino-senda que conecta con el barrio central. Recorro este camino para encontrar el lavadero. 

Un bonito y vetusto ejemplar de estos encantadores lugares. El camino sigue por detrás del lavadero para entrar al núcleo central del pueblo y posiblemente el más antiguo puesto que alberga la iglesia. Entro junto a otra infraestructura de gran interés: una fuente, otro lavadero, un refugio con un banco y una balsa.

Todo unido y correlativo. Todo encantador. Me adentro en el pueblo de una estética exquisita. Combinando perfectamente la piedra con la madera y algunas fachadas pintadas en blanco. Todo dando un cuidado aspecto rústico y nuevo, añejo pero cuidado. Encantador. Manteniendo su esencia y personalidad. Con carácter. Dejo atrás la plaza de la iglesia para bajar hacia el barranco que me separa del tercer núcleo, aparentemente el más nuevo. En la subidita encuentro a mano izquierda un pequeño parque con un peirón, a mano derecha la fuente de los hornos; poco atractiva con ese grifo recién sacado de una ferretería. Al final de la calle enlazo con la carretera que ya recorrí ayer y por lo tanto ya conozco lo que me espera casi hasta el final. Tomo la carretera a la izquierda en una curva que me permite un último vistazo al pueblo. Luego empieza la bajada. Casi 5Km. al 7% de media.  Carretera ancha, con arcén, sin tráfico, bien asfaltada. Vamos, lo que yo quería en la bajada de Gúdar con la lluvia, lo tengo aquí en seco. Así que me lanzo para abajo empujando con el plato grande para coger toda la velocidad posible, luego será cuestión de gestionarla con la aerodinámica e inclinadas en las curvas que prácticamente me sacan de la trazada. Vigilando no tener ningún coche detrás para poder ocupar todo el ancho del carril y así mantener la velocidad.  

Frente a mí aparece el pico Pina intentando distraerme, pero ya lo he visto antes y sigo a lo mío, marcando puntas de velocidad por encima de 60Km/h. Es una gozada. Es puro vértigo. Llego muy rápido a la entrada de Olba. Me recibe la escalera que sube al cementerio, no habrá que entrar ni al cementerio ni al pueblo. Allí un giro pronunciado a la izquierda y sigo bajando. Hago una rápida parada para tener una panorámica del pueblo, que ahora queda a mi derecha y de Los Dines o Ibáñez Bajos al frente, una de las muchas pedanías que encontraré de camino a Puebla de Arenoso. Estas aldeas salpican la orilla del río Mijares que transita a mi derecha, oculto por la muralla arbórea que lo flanquea. Sigo bajando pero cada vez con menos inercia, lo que me hace dar pedales con un ritmo alegre, sin apenas desgaste. 

Cruzo la divisoria provincial y poco después el puente sobre el río Mijares; y pensar que anteayer lo vi nacer… sus aguas apenas una corriente que se derrama desde las altas cumbres de la sierra de Monegros. A esta altura, entre las pedanías de La Monzona y Los Cantos, se acaba la bajada. Queda una ligerísima subida hacia Puebla de Arenoso. Antes de esto ya tendré visión directa de la cola del embalse. Luego, a la entrada del pueblo, la fuente de la salud, un coqueto rincón junto a una pequeña arboleda. 

También tiene este rincón su particular peirón o humilladero, aunque no tan monumental como el de Alcalá de la Selva. Pruebo el agua de la fuente… por si acaso. Al menos está fresca, no como el caldo que llevo en la camel. Me adentro en el pueblo buscando un mirador sobre el pantano. 

No hay tal mirador pero sí una calle junto al cortado que deja divisar la pasarela y la cola del embalse con un caudal de agua preocupantemente bajo, como todos los embalses de la Comunidad Valenciana. Paso por la plaza de la iglesia y salgo nuevamente a la carretera después de recorre las estrechas calles también con una cuidada estética. Giro a la izquierda para seguir subiendo hacia el mirador.

Desde allí manejaré unas excelentes vistas del pueblo y de la parte del embalse que guarda bajo sus aguas el pueblo de Campos de Arenoso así como algunas aldeas. También, mirando hacia arriba la cruz del Viso, casi invisible en la distancia y que confundo, a bote pronto, con los restos del castillo de la Vinaza, que oculto por esta peñasco no es visible desde aquí.
En este vídeo de JORGE ARTETOROS TORCAS: https://www.youtube.com/watch?v=_l-jcbb2nNI se muestra un interesante paseo por el mismo así como una maqueta del mismo de la que me hago eco.

Excelente trabajo y sorprendente el tamaño que mostraba dicho castillo. Continúo, en esta parte de la ruta, dibujando la ladera de la montaña con las curvas de nivel que hace el camino, bordeando el embalse y acercándome a la presa, justo en la base del pico Morrón. 

Al otro lado de las aguas los cinglos que bordean el lado norte. Ya desde aquí y tras leer el cartel que indica la situación del extinto pueblo de Campos, me dejo caer hacia Montanejos. 


Rápidamente llego, pasando antes por las zonas de escalada y los estrechos, así como algún mirador recóndito que permite una vista algo distinta y peculiar del espectacular paraje, al parking que da acceso a la fuente de los Baños y su cuidada zona de baño. Bajo por la senda hacia el lugar.  

Mediados de septiembre y las tormentas de esta semana, que han refrescado y mucho las temperaturas, no son el mejor momento para un baño, pero el sol de mediodía ayuda a mitigar el frescor y encuentro aún algunos bañistas. Recorro el camino que acompaña al río. Es un camino asfaltado y de fácil acceso y recorrido. Bonito, cuidado y un atractivo reclamo turístico que trae ingentes cantidades de turistas a lo largo del año. También acompaña y mucho el tener un balneario en el pueblo. Pero lo cuidado del entorno  y las infraestructuras influyen. 

En Riba Roja tenemos un río que pasa a los pies del pueblo, una zona del pueblo cercana al río recién remodelada y con un muy buen aspecto como reclamo turístico, pero la zona de baño del río está dejada de la mano de dios, un poquito de cuidado y tendríamos, aparte de un reclamo que ofrecer, una buena y bonita zona de expansión y disfrute para los ciudadanos del pueblo, que seríamos los principales beneficiados. Pero quién se va a preocupar de los ciudadanos, que se vaya a Montanejos, o a Sot de Chera.  

Llego a puente que crucé esta mañana en el inicio de la ruta. Paso ahora por la pasarela que veía antes a vista de pájaro y continúo hacia la parte más cercana al pueblo y curiosamente la menos atractiva y cuidada. Incomprensible. Un poco más adelante acaba el camino asfaltado y este sigue por camino más propio de camino fluvial, con cantos rodados y tierra. Dejo atrás el molino, que queda a mi derecha y hago la curva del río para encontrar el puente de la carretera hacia Arañuel, Cirat, Onda… tras él otro puente, éste peatonal, cruza el barranco del río Montán. 

Me adentro en el pueblo por empinadas calles para llegar al puente, cruzarlo y así verlo desde los dos lados, puesto que este camino sigue y se adentra en la montaña hacia lo alto del Castillo y la sierra de los Tajos. 

Retrocedo por el puente y busco orientación hacia la carretera cerca de la bajada al molino. Allí, junto a la carretera está el lavadero, descubierto y acondicionado sobre la acequia que pasa junto a la carretera. El último vistazo es para la villa Diez hermanos, antigua casa palacio de origen árabe que dejará la última huella de esta ruta imborrable.




Track de la ruta: http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=15140210