miércoles, 31 de julio de 2013

Riba Roja-Beniferri-Burjassot-Godella


La ruta que nos ocupa es casi más una ruta turístico-cultural que ciclista, aunque sea con la gorda. Tenía la intención de conocer algo de historia a través de algunos monumentos interesantes entre los poblados del oeste de Valencia y Burjassot y de paso aderezarlo con la híper modernidad que rodea la entrada a Valencia por la CV-35, la vieja pista de Ademúz que de vieja ya no tiene nada. Esta ruta servirá como lanzadera para otra que se adentrará algo más hacia el noreste, pero de eso ya nos encargaremos en su momento.

Tomaba nuevamente el conocido camino del parque fluvial del Turia. Voy por el camino rememorando aquellos viejos tiempos en que no existía este camino que ahora disfrutamos y había que hacer mil y una peripecia para llegar hasta el cauce viejo del Turia, pues el parque de cabecera tampoco existía, eso lo hemos contado por activa y por pasiva en las primeras rutas del blog de Roda i Pedal, aquellas que en diciembre del 2007 daban cuenta de las primeras actuaciones sobre el parque fluvial, que hemos visto crecer casi día a día mientras nuestras rutas nos llevaban hacia Vilamarxant, Benaguacil, Llíria o Pedralba por esos caminos solitarios e inconexos a los que luego cariñosamente les llamaríamos “el riíto” y que teníamos que sortear como podíamos. 

Voy a buen ritmo mientras admiro la imponente arboleda, este jardín botánico en que se ha convertido el río. Cada día trae nuevas perspectivas, nuevos colores, una nueva frondosidad o un ocaso de la hojarasca previo paso por la paleta de colores del otoño. El fluir del río al lado reporta frescor bajo el sol veraniego que aún tiene que acabar de desperezarse. 

Tradicionales sistemas de regadío asoman aquí y allá, unos en ruinas, otros aún en pleno uso dando razón de ser al que desde septiembre de 2009 es designado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, El Tribunal de las Aguas. Los muchos azudes existentes en el río desvían el cada vez más escaso caudal de agua hacia la fértil huerta valenciana, el contrasentido es que: si cada vez queda menos huerta que regar porque ha desaparecido bajo el hormigón y el ladrillo, ¿qué estamos haciendo con el agua? Al final, de tanto robarle agua al río este desaparece. 

No solo desaparece prácticamente el caudal allá en el azud del Repartiment en Quart de Poblet, sino que el propio río, ante el codo hacia el noreste que aquí dibujaba su cauce, sucumbe ante la monumental obra que es el Plan Sur. Este tramo del río hacia el parque de cabecera, donde ya vuelve a ser reconocible el antiguo cauce, es un tramo muy desconocido y resulta difícil imaginar este antiguo trazado bajo las autovías y canales; mucha gente transita este nuevo camino, pero muchos desconocen que ese es el verdadero y autóctono cauce del río y que este no pasaba por el plan sur. El camino del parque fluvial también desaparece para cruzar el maremágnum de carreteras y solo una pasarela une estos dos tramos de camino. 

Pasado el campo de tiro el camino deja a la izquierda, oculto tras la selvática y confusa vegetación, el azud de la acequia de Rascanya; hoy es una monumental ruina en desuso y la acequia tiene su toma en el azud del Repartiment al otro lado del río. Una serie de viejos molinos se levantan en ese tramo de huerta en la antigua margen izquierda del antiguo río junto al camí del Pouet. A la derecha el parque de la Canaleta de Mislata casi se une con el Bioparc. Junto al parque se llega al molí del Sol, reconstruido y convertido hoy en comisaría de policía, allí arranca el parque de Cabecera con un pequeño cauce de agua dando vida a este hermoso parque que se une al tradicional jardín del cauce viejo del Turia. Alguna vez he oído hablar de volver a dejar fluir al viejo río por el cauce, un pequeño río que daría más vida a este fantástico espacio natural dentro de Valencia. 

Paseo con calma por el parque hasta subir a la montaña artificial junto al estanque. Las vistas desde esta pequeña atalaya son magníficas, con la sierra Calderona rematando el horizonte. Aquí arriba hago la parada del  almuerzo disfrutando de las vistas, luego saldré al terrible calor que me machacará hasta el final de la ruta.
Vuelvo hasta el molino del Sol y tomo el camino que arranca al frente, en el cruce a la derecha hasta el cementerio de Campanar. Un camino de tierra se ha formado a este lado de la carretera de 4 carriles que antes teníamos que cruzar pues este camino no se había formado por el tránsito; esta zona de huerta esperaba su inclusión en “la city” para darle el golpe definitivo a la huerta oeste de Valencia. La crisis ha dejado este espacio casi en un limbo, el ladrillo no llega y la huerta se dejó casi abandonada a la espera de los cimientos. Sigo este camino;  que en el futuro será una acera o un carril bici o el carril de aparcamiento de los edificios que crecerán a mi izquierda, hasta la rotonda, sigo bordeando  y cruzo hasta el paseo central  en la avenida del Maestro Rodrigo. 

Cuatro carriles en cada dirección y una nueva ciudad que ha crecido entre Beniferri y la avenida Gral. Avilés. En la siguiente rotonda derecha y ya cruzo la calle para adentrarme en el antiguo pueblo de Beniferri que hoy es un barrio más de Valencia. Una alquería y la iglesia de Santiago Apóstol son lo más representativo de este pequeño pueblo que hoy se ahoga entre autovías, un casino y la más vanguardista arquitectura que da la bienvenida a la Valencia del siglo XXI, presentada al mundo a base de faraónicas obras y fastuosos “sobres” que han ido cayendo fortuitamente en manos de algunos afortunados.
Recuerdo que no hace tantos años Beniferri quedaba a las afueras de Valencia, luego estaba el hospital Arnau de Vilanova allá metido casi en la huerta, y la pista de Ademúz dejaba de ser carretera para convertirse en calle tras un semáforo junto a las escuelas San José; el hospital la Fé, o antigua la Fé quedaba a unas manzanas de la carretera, hoy está casi en medio de la ciudad de tanto que esta ha crecido, al igual que lo han hecho las ciudades limítrofes hasta no haber solución de discontinuidad desde casi la A-7. Al otro lado de la CV-35 el palacio de Congresos estira su estilizada ala bajo las torres blancas y negras del ajedrez moderno convertidas en hoteles de lujo. 

Una arquitectura colosal y modernista que, si bien no merece la pena venir hasta aquí solo para verla, ya que está ahí llama la atención y merece entretenerse un poco en observarla, no es ni de lejos la CAC pero sus formas curvilíneas rompen la estética de las fachadas uniformes de edificios que parecen bunkers a los que llamamos casas. Luego me adentro hacia el parque de Benicalap para ver dos antiguas alquerías que aún sobreviven en esta zona. 

Posiblemente acabarán demoliéndolas para hacer edificios, o se adentrarán en ese estado de no retorno de la ruina más pura y cruel, si no lo son ya. Son las alquerías dels Moros y la de la Torre. Rodeo todo el parque ya que este no es accesible para bicicletas, o sea que si quieres ir al parque te dejas la bici en la calle que la seguridad en nuestras ciudades es de total confianza. Luego regreso hasta la parte trasera de los rascacielos y cruzo por un puente sobre la ronda norte para adentrarme en Burjassot. 

Al cruzar el puente, entre este y la estación de metro del Empalme, están Les Llengües del Raig, un partidor de aguas situado en la acequia de Tormos y que datado en los siglos X-XI, el dibujo y la información sobre este excepcional monumento están extraídas de http://llenguesdelraig.blogspot.com.es/ a cuyo autor he pedido permiso mediante comentario en su blog pero sin respuesta, espero no causar ninguna molestia con la utilización del dibujo. Este maravilloso trozo de historia se encuentra arrinconado entre vías de tren y autovías, tan cerca del paso de miles de personas que a diario ignoran su existencia que parece una broma de mal gusto cuando no una pesadilla. Qué sentido tiene rescatar una obra de este calibre, gastar un dineral en su recuperación y no ser capaces de poner un panel informativo en una estación de metro para indicar que, ¡¡¡a solo 20 metros!!!, hay un pedazo de nuestra más ancestral cultura. 

El abandono del monumento es lo que mejor define su estado actual, tras él la valla pretende recrear la huerta, pero nuestros modernos ojos parecen imantados hacia todo aquello que pueda tener wifi  y los altos edificios de hoteles ganan la batalla visual. El entramado de vías y los trenes de superficie me hacen estar muy atento en este tramo que resulta algo peligroso para ir en bici. Al cruzar las vías veo al otro lado de la valla una antigua casona, imagino será alguna vieja alquería que se resiste a ser demolida y se integra en un espacio radicalmente distinto a su hábitat natural. Paralelo al metro me adentro hacia el castillo de Burjassot. De origen musulmán parece que poco tiene que ver hoy con lo que en su día llegó a ser. 

El conjunto del Castillo-Palacio, con sus magníficos jardines cerrados tras un muro perimetral y una alta verja, se conjunta magníficamente con la iglesia de san Miguel para engrandecerse mutuamente. 

La lástima es que el ayuntamiento no tenga otro sitio donde poner los contenedores más que delante de la fachada de uno de sus monumentos que además pone en primera línea en su propia web como patrimonio del pueblo, será por falta de sitio en las calles que hay que sacar los contenedores en la foto y llevárselos de recuerdo “hostia, en Burjassot tienen los mismos contenedores que nosotros” dirán los turistas de medio mundo al comparar las fotos de sus vacaciones. 

Desde las administraciones se gastan autenticas barbaridades de dinero para restaurar y adecentar monumentos, pero la estética más elemental y que no cuesta dinero (o igual es por eso: sin dinero no hay comisiones rondando y entonces a nadie le importa) se olvida, quitar los contenedores, o el laberinto de señales o los coches aparcados de delante de la puerta de los monumentos restaurados para que el visitante pueda admirar en su totalidad el edificio. Recorriendo las calles llego hasta el mercado municipal, un espacio emblemático con una arquitectura muy singular que recuerda a la del mercado central de Valencia. 

Siguiendo adelante llego hasta la plaza del ayuntamiento; a la izquierda de su fachada una escalinata sube hasta el patio de Los Silos. Una autentica preciosidad que alberga las tapas de los 41 silos que desde 1573 fueron el granero de Valencia, debido a que este montículo aseguraba la correcta conservación del trigo por su escasa humedad. Además de las tapas esféricas hay una cruz en medio de la enorme plaza y la ermita de san Roque, anterior a los propios silos en un lateral, y un hermoso pozo delante de la ermita. 

La estética y armonía de las edificaciones dotan de gran fuerza a este conjunto, que bajo el tórrido sol veraniego parecen alejarse a lo largo de la plaza como si de un espejismo se tratase. Tras esta visita, que también se lleva su tiempo bajo una sombra, sigo camino buscando otra vez la vía del metro para, por una calle paralela, adentrarme en Godella hacia la ermita. 

Ésta corona una pequeña elevación donde a ambos lados de la calle se yerguen magníficos ejemplos de casonas señoriales de principio del siglo pasado, una de las muestras de las preciosas casas es Villa Eugenia, reconvertida en Centro de arte multidisciplinar destinado a exposiciones pictóricas, escultóricas, fotográficas, audiciones... Rodeo la ermita para verla desde todos los ángulos, luego sigo la calle por la parte de atrás para seguir admirando las casas, ya mucho más modernas en algunos casos. Sigo callejeando entre esta zona residencial hasta la carretera de Burjassot al centro comercial Herón City, para adentrarme en el parque científico pasando por detrás de TVV y tomando un carril bici que junto al tranvía se adentra en Valterna. 

Una rampa me sube hacia las calles de la urbanización-isla rodeada de autopistas, espero que tengan buen aislante acústico. Luego una pasarela hacia Terramelar, donde la enorme feria de muestras se hace visible a poco que te muevas. 

Otra pasarela me saca de estas urbanizaciones-islas para adentrarme en Paterna por la parte norte del cuartel militar. En la rotonda me salgo de la carretera para, ya siempre bajo la arboleda, llegar hasta al parque de Alborgí; en él una fuente alimenta un pequeño riachuelo que ofrece la plácida y refrescante estampa del agua corriendo. 

Al final del parque una casa cueva es la escuela de alfarería; la apreciada cerámica de Paterna siempre estuvo en competencia con la de Manises… pero que va a decir un Manisero, jeje. Al final del parque tomo una calle pegada a la carretera que separa el pueblo del parque empresarial, un poco después me adentro en lo que antaño fue el campo de tiro; hoy es un grandioso parque con un poco de todo para uso y disfrute del pueblo, un lugar donde hacer deporte o pasear, descansar o hacer un picnic bajo una bonita pinada y junto a centenares de árboles plantados. Cruzo todo el parque de este a oeste para salir en busca de la estación de metro de Santa Rita. Allí nace el carril bici que cruza el P.I. Fuente del Jarro. El carril bici muere en el puente que cruza la A-7 para renacer después y adentrarse en La Cañada; ¿es tan difícil pintar un carril bici dentro del carril para coches? Aunque no nos separe del tráfico, que sería lo suyo, al menos crea un nuevo elemento de atención que a los conductores les “nos” haría pensar que hay algo extraño y que hay que extremar la precaución. Antes me molestaban mucho los arcenes-bicis porque pensaba que eran un engañabobos; con el tiempo, y viendo que cada vez hay más arcenes-bici y menos carriles-bici, cada vez los echo más de menos. Atravesar La Cañada es como una pequeña clase de historia que se va modernizando, las antiguas casas señoriales van dejando paso cada vez más a chalets modernos, aunque aún hay una nutrida representación de aquel esplendoroso pasado. Y por fin llego al bosque de La Vallesa. 

Siempre es un placer rodar por esta pinada. El camino, o los caminos, están cada vez más rotos y con más piedras, pero es que esto es BTT, esto es lo suyo y no lo que llevo haciendo todo el día entre asfalto y edificios con un rodar fino y fácil. Por fin hay baches en los que meter las ruedas, raíces que hay que superar y buscar trazadas entre pedrolos. Aunque la auténtica pinada está al otro lado de las vías del metro y es privada, al menos está ahí aportando su colorido y su aroma, casi intacta, no como esta parte “publica” en la que cada vez hay más chalets y torres de alta tensión y menos árboles, no sé si será mejor dejarla en manos privadas. Voy acabando el camino y llegando a la última zona de expansión de las urbanizaciones, una cicatriz abierta en el extremo de la pinada en la que  se talaron centenares de pinos para dar lugar a casas que aún no han llegado. Cruzo la carretera y giro a la izquierda para bajar hasta la parada de metro de El Clot, allí cruzo la vía y por una senda a la izquierda, pegado a la vía, bajo hacia el barranco de la Granolera. El acueducto hoy no pierde agua y el camino de bajada está seco y menos roto que la última vez que pasé por aquí. 

Ya solo me queda llegar al río, vuelvo a cruzar el puente viejo, del que ya hay referencias en 1548, remontar hasta casa por  la rampa del barranco de la Monjas y ver el fastuoso y absurdo puente peatonal, a 20 metros de otro puente peatonal, que utilizan 20 personas en época de colegio pero que habrá dejado unas comisiones de escándalo; o eso o es que alguien es tonto profundo para poder pensar y ejecutar una obra de tal calibre. Cada día subo la cuesta  con estos dos calentones… ¡¡¡que ganas tengo de una cerveza!!!