miércoles, 12 de junio de 2013

Buendía-Ruta de las Caras-Ermita del Guadiela


Por fin las tan ansiadas, y a la vez aplazadas, vacaciones llegaban a materializarse en el viaje a Buendía y Entrepeñas; el llamado mar de castilla, o al menos una parte de él. En esta primera ruta, desde Buendía, hay dos parajes fundamentales a visitar. La ruta de las Caras, en el embalse de Buendía, y el tramo del cañón del río Guadiela a partir de la presa hasta el final del camino. Vamos a ver la ruta.

El miércoles después del desayuno, poco antes de las 9 de la mañana, me pongo en marcha desde el hostal, bajo hasta la fuente junto a los restos de la puerta del convento, una de las puertas que daban acceso a la antigua ciudad amurallada para recargar agua para la ruta. De ahí vuelvo casi hasta el hostal, junto a otra de las puertas, la puerta nueva, y un tramo de muralla. Ya veo la señal que indica la ruta de las Caras. 

Siguiendo un camino asfaltado y con farolas salgo del pueblo, al poco se acaba el asfalto y sigo las indicaciones, por una pista ancha de tierra dura y reseca que hace botar la bicicleta cuando no llego a esquivar alguno de los baches que jalonan el camino, que me acerca hasta el paraje. El sol ya calienta lo suyo en esta primera semana de tiempo casi veraniego, el calor ha llegado de golpe y no da tregua desde bien temprano. Sigo el camino indicado para vehículos, hay otro camino para senderistas que se adentra más entre los campos de cultivo que están siendo preparados para nuevas cosechas y entre algunos ya plantados de cereales que ya han comenzado su hipnótico vaivén al compás de la brisa. Junto a una elevación con unas antenas giro a la derecha y sigo el camino de Santa María de Poyos, pueblo que quedó bajo las aguas del pantano allá en 1956. Más adelante otra vez indicaciones y giro a la izquierda para bajar definitivamente a la entrada del sendero. Junto al lugar de aparcamiento unos paneles explican el itinerario que de entrada se mete en una bonita pinada en la que hay mesas. Sigo el sendero canalizado y este baja hacia unas pequeñas montañas rocosas. 

Las figuras intentan escapar de las paredes de arenisca que las someten y aprisionan. El recorrido no tiene más de 2 Km. y está perfectamente indicado y delimitado, con fácil acceso para caminar junto a las 18 figuras que conforman el recorrido y que se recogen en el panel interpretativo del inicio, y disfrutar de este lugar con un gran atractivo, tanto por las esculturas talladas en la roca como por el entorno privilegiado que las rodea. Todas ellas son una maravilla, pero evidentemente uno tiene sus preferencias.

Las vistas sobre la azul y suave superficie del embalse cautivan e invitan a un larga y sosegada parada, pero esta la haré en unos minutos en el mirador de la Peña de la Virgen. Retrocedo por el camino por donde he llegado hasta las últimas señales y allí a la izquierda, siguiendo las indicaciones en el cartel que veo al frente, el camino principal está bien definido y no tiene pérdida. Este se adentra poco a poco en otra gran pinada a ambos lados del firme y unos pequeños toboganes me hacen disfrutar de una divertida y rápida bajada, y en otras ocasiones de cortos repechos que me obligan a pedalear con fuerza. Pronto llego a una pequeña explanada de arena donde acaba el camino. Un cartel entre los pinos indica el mirado. No es un mirador al uso, es más bien un lugar despejado desde donde poder observar la parte norte y este del pantano. Bajo esta agradable sombra el bocata y la cerveza tienen que saber a gloria. La superficie del enorme espejo líquido llega a reflejar los mástiles de los molinos eólicos al otro lado del embalse en Villalba del Rey. 

Las aves acuáticas apenas llegan a perturbar el estado de reposo del agua. En estas estoy cuando un hidroavión comienza a dar pasadas y a recargar agua, en realidad no sé si es uno que va muy cerca o varios que se suceden. En todo caso no hay humo ni se huele. Me pongo en marcha retrocediendo un poco por el camino de antes, luego giro a la izquierda para ir en busca de la línea de “playa” que iré dejando a mi izquierda. 

Ya veo que el hidroavión está haciendo ejercicios de entrenamiento y suelta el agua sobre el mismo embalse, a mitad de la enorme lengua este que forma el pantano. Al frente, una enorme pinada de pinos rectos y altos crece tras una línea de delicadas espigas cual peones de ajedrez delante de las piezas importantes, dispuestos a recibir al ejército enemigo. Hoy ni hay tal ejército ni es enemigo, es un amigo que se acerca a saludarlos, a inmortalizarlos en la memoria digital y en esa memoria gris, algo caótica, que hay debajo del casco de ciclista. 

Bajo la arboleda está el camping que se indicaba junto con la ruta de las Caras a la salida del pueblo. Lo bordeo para seguir regalándome estampas del embalse y de la pinada antes de tomar la carreterita asfaltada que me adentre en el pueblo. Repito el camino de esta mañana hasta la fuente y vuelvo a rellenar la parte utilizada. Callejeo un poco hasta la puerta del cementerio, que era el antiguo convento francisco-alcantarino de Ntra.Sra.del Rosal, fundado en 1596. Luego salgo hacia la carretera CM-2000 en dirección a Sacedón y la presa del embalse. La carretera apenas tiene tráfico y además el arcén está bastante limpio y sin vegetación que se adentre en él, por lo que los 4 siguientes Km. solo tendrán el peligro del aburrido rodar por asfalto. Por suerte a la parte derecha crecen las panorámicas sobre el embalse y me van dejando pinceladas de un azul que se confunde en la distancia con el cielo. 

Me acerco a la presa y primero veo una zona de aparcamiento, junto a ella un túnel cruza la montaña; es la carretera de servicio a la salida de la presa y para el camino que acompaña a la red de alta tensión que corre paralela el río y sube la sierra de santa cruz. La ruta inicialmente prevista sobre los mapas era tomar ese túnel y recorrer la parte este del río por este camino menos transitado, cruzar por el Pontón y llegar hasta la ermita, y luego por el Pontón continuar este camino, subir a la sierra hasta el alto de San Cristóbal y bajar a Buendía por un camino hacia la CM-2000. Pero los e-mails pidiendo información sobre dichos caminos al ayuntamiento de Buendía deben de haber caído en saco roto, una respuesta diciendo que no lo saben, o que me tengo que dirigir a… o que no me pueden ayudar, daría una sensación de mínimo interés, pero esa actitud de “paso de todo y no te contesto” no ayuda en nada al turista ni al pueblo que vive de esos turistas. Por fortuna la zona ofrece mucho más y uno se busca la vida para encontrar la información, me rio yo del anuncio de una bebida dedicado a los políticos…que los habrá “buenos”, pero tan pocos que no repercuten en la estadística. La información la obtuve, curiosamente, de parte del anterior alcalde; el e-mail pidiendo esa información también fue a parar al hostal, pero obtuve la misma respuesta que del ayuntamiento. Pero minutos antes de iniciar la ruta le pregunté al propietario del hostal por dicho camino y me dijo que estaba en bastante mal estado y que el puente no comunicaba los caminos a ambos lados del río. Así que en el último momento cambié la ruta para seguir el plan B que tenía previsto ante alguna adversidad y que al final conforman, con muy poca variación los senderos PR-CU 46 y 47. La presa no tiene ninguna historia que contarle a la vista, pero sí muchas cosas a favor y en contra de su construcción a poco que se busque información.

A la salida de la presa la cosa cambia, las vistas que promete el cañón del Guadiela me hacen buscar con ganas la bajada. Bajo los muros de la presa la central eléctrica que alimenta las torres. El río gira a la izquierda y solo deja ver al frente las ondulantes formas labradas en la roca por los elementos. Bajo las lascas de piedra el camino se ciñe al río y lo acompañará durante los próximos 5.5Km. hasta la ermita, donde acaba el camino. Al principio el cañón es amplio y deja ver la cumbre de la montaña, con farallones de piedra a modo de pilares inacabados que no sostienen a un Sol que cae a plomo desde ese infinito firmamento que cambiará radicalmente su fisonomía esta noche. Las paradas para las fotos no tardan en llegar. 

Parece que no hay nada que ver y sin embargo no hay nada que perderse. La admiración crece por momentos en cada pedalada, ni siquiera la implacable solana y el calor me hacen desistir de parar cada pocos metros a inmortalizar el paisaje, a absorber sensaciones. 

Sigo pedaleando y poco después veo el Pontón, que según información encontrada por internet, ya estaba en activo allá por 1575 uniendo ambas orillas del Guadiela y el Tajo, pues este último se vadeaba si la corriente lo permitía, y teniendo que salvar también las sierras de Enmedio y Santa Cruz. 

Admiro la preciosa estampa de un puente que hoy no sirve para nada, pues en la otra orilla la vegetación se come el paso a… la montaña, puesto que tampoco hay ningún camino o senda que se comunique con el camino de servicio que pretendía haber recorrido. Hago algunas fotos, disfruto de la tranquilidad que ofrece el sosegado paso de la corriente y maldigo la… no sé cómo llamarlo, pero es cuanto menos absurdo reconstruir un puente que no comunica nada, siendo que a escasos 30 metros hay un camino, y que este puente y camino arreglados pueden ofrecer muchas alternativas de turismo activo a muchos visitantes del pueblo. Con estos pensamientos me pongo otra vez en marcha para descubrir dos pedaladas más allá que ya no estoy pensando en esto, el soberbio paisaje engulle cualquier atisbo de preocupación. 

El río sigue encañonándose y ofreciendo postales de belleza sin par. Llego al final del camino habilitado para vehículos, una barrera cierra el camino e incluso las bicicletas tenemos que rodear a pie la dichosa barrera. Se presenta ahora una tremenda pendiente asfaltada, un repecho que no tocaba en este tramo llano de río. Pero los 150 metros de esfuerzo valen completamente la pena. Llego arriba y el camino hace un giro a la derecha, tras un pino la visión se abre a un casi anfiteatro natural hendido en la roca por la acción del agua, la curva del río y la sosegada corriente, aquí ya llega la acción del agua embalsada en Bolarque, aquí ya hay agua tanto del Guadiela como del Tajo, se refleja en la superficie rota del agua. Luego una pronunciada bajada me devuelve al nivel del río junto a un precioso paseo entre árboles que llega hasta la ermita, la fuente, y un merecido rato de alucinada admiración.

Enfrente el monte de la cruz, allí arriba a la izquierda, junto a unos pinos intuyo el camino, !qué vistas debe haber desde ahí¡ y sobre mí, sobrevolando los inmensos buitres leonados, surcando el cielo con su vuelo lento y pausado buscando las térmicas gratuitas que les hacen desplazarse sin gasto de energía. Disfruto del paisaje y la tranquilidad del entorno con avidez, incapaz de creer, de procesar, tanta belleza. 

La ermita es una pequeña y coqueta construcción de piedra adosada a la pared de la montaña, frente a la fuente y bajo un enorme plátano de sombra que, efectivamente, ejerce su sombra hasta unos niveles casi imposibles en este día de radiante luminosidad. 

Tras unas fotos del lugar me planto frente al agua, en una mesa a la sombra para seguir admirando el lugar donde se encajonan estas maravillas que me rodean, así, inconsciente del tiempo me doy cuenta de que llevo casi una hora sumergido en este espectacular paisaje. Es hora de volver pero realmente no tengo ningunas ganas de abandonar este lugar. Me voy sabiendo que en pocas horas volveré para mostrarle esta maravilla a Teba y ver, bajo otra luz, los nuevos detalles y reflejos que ofrece este entorno.

Dejo este "boulevar de los sueños rotos" con la dificultad de volver a la realidad tras tanta belleza. Me toca desandar el camino y volver por donde he venido hasta Buendía. Disfruto del recorrido de vuelta viendo ahora cosas que antes quedaban a mi espalda, atesoro estos momentos pues en breve remontaré hacia la presa y comenzará la parte de aburrida carretera hasta el pueblo. La subida a la presa pone un puntito de esfuerzo en esta ruta casi llana, así que la disfruto como si de un verdadero obstáculo se tratara. Ya en carretera no me queda otra que tomarlo como una contrarreloj y exprimirme un poco para justificar los dos bocatas y las cervezas que me he calzado. 

Entro al pueblo para llegar a un mirador sobre las casas-cuevas desde donde sobresale la monumental iglesia de la Asunción en la porticada plaza mayor, al bajar del mirador llego a la plaza donde está la oficina de información turística, pero mi premio es el lavadero bajo la sombra de grandes plátanos y con las cuevas al fondo. Solo me queda llegar al hostal y refrescarme a conciencia de este tórrido calor que me ha acompañado todo el día, mañana más.