sábado, 25 de octubre de 2014

Santa Fé-Turó de L'Home


Salgo del hotel tarde: el desayuno se sirve a partir de las 9.30 y eso me ha retrasado mucho, por lo que no sé si podre hacer toda la ruta tal como la había planeado. El propósito era hacer un primer círculo que volviera aquí al hotel y luego un segundo círculo más cortito que me llevaría por el sur del Convento para subir por un camino a la carretera cerca de Sant Marçal y ya por la carretera volver al hotel. Pero vista la hora descarto de entrada el segundo círculo y me tomo el desayuno con calma, así como la ruta que la iré paladeando poco a poco. 

Me pongo en marcha por el carril bici hacia la oficina de información: allí hay 3 hermosas, enormes y soberbias secuoyas que empequeñecen a cualquiera. Ayer nos contaba el guarda lo sucio que está todo, con tanta gente y tan poca conciencia medioambiental, este hombre no ha estado en Valencia, no solo en la ciudad, me refiero al monte, ¡esto es el paraíso de la limpieza! 

Giro a la izquierda hacia el hotel-castillo de Santa Fe, llego hasta allí para hacer unas fotos y recrearme en tan singular arquitectura. Retrocedo unos metros y tomo el camino a la izquierda, cerrado con una cadena que se puede bordear. En cuatro pedaladas me veo inmerso en un bosque infinito. 

Una mezcla de hayedo y pinar impresionantes que tapizan el suelo de hojas. La sombra, la luz filtrada, el silencio, el ambiente denso y frío, el sabor rancio de la humedad, el olor a bosque mojado, a hojas que mueren para dar vida a los árboles, un círculo vicioso sin fin que por momentos satura mis sentidos. Me tomo mi tiempo para sumergirme en él, para recorrer este bosque junto a la riera de Santa Fé que alimenta al pequeño embalse. Tiempo para intentar encontrarme, para interiorizar lo que me rodea, para saber a dónde voy y si de verdad quiero ir. Recojo la calma que destilan los árboles inmutables, inalterables a pesar de las tormentas, de los vaivenes del tiempo, de las agresiones. Ellos solo respiran y dejan pasar el tiempo, ¿es eso lo que quiero?

Me recreo en este camino que ya tuve oportunidad de hacer ayer por la tarde en un paseo rodeando la presa. Poco después estoy en ella. La luz de la mañana la hace distinta, más sobria y fría, como más distante e impersonal.

Recorro su lado este-sur hasta la presa para tomar una nueva foto con mi destino de hoy al fondo. Luego sigo un camino a la derecha que me vuelve a internar en el bosque y me acerca a la carretera. La tomaré casi un kilómetro después y ya por asfalto haré una bajada impresionante, rápida, divertida y segura entra las curvas que hace esta carretera de montaña. Al menos todo lo segura que permiten los coches que a decenas se dirigen este fin de semana, por la feria de la castaña de Viladrau, suben al Montseny a recoger castañas y otros van directamente, al pueblo a disfrutar de la feria, pero esto de hoy es una broma con lo que viviremos mañana cuando bajemos hasta Sant Celoni: la carretera de subida es un largo rosario de coches, pero abajo en el pueblo y en la autopista colapsada, darán el verdadero perfil de lo que es pasar un día en el infierno, será por días para venir a disfrutar del monte. En fin. Lo dicho, bajo por la carretera curveando con velocidad, cabreandome con algún coche que muy espabilado recorta las curvas invadiendo mi carril y haciendo que me pegue más a la cuneta, pensará que ya que voy en bici de montaña puedo trepar por las paredes o comerme los árboles… no sé. Esta parte sur del Montseny se ve cubierta de pinos y carrascas, también de alcornoques que dejan ver sus troncos desnudos y fácilmente identificables. Paso junto a lo que parece una granja por el olor que la acompaña junto a la carretera, poco después una curva de 180 grados a la izquierda y a la salida de la misma un camino ancho a la derecha. Lo tomo y cambio el sentido de la marcha, se acabó el asfalto de momento y me adentro otra vez en el monte. Poco a poco al principio, con suave subida y un camino en muy buenas condiciones. Las rampas irán poniendo un puntito de alegría cuanto más me adentro en el camino. 

A la izquierda podré ir viendo el valle que crece justo antes del valle de Montseny, aquél será visible desde más arriba, pero aún me falta mucho para ello. 

Llego a un pequeño estanque de aguas claras y tranquilas, reflejado en él el Turó de L’Home, mi destino, allá arriba. Tan alto que parece inalcanzable, ya veo lo que me va a tocar sufrir y subir. Acabada la bajada y en estos pocos metros de subida ya tengo un calor increíble y me pongo otra vez de corto. La camiseta a la mochila y en manga corta. Estos primeros instantes entre sombras tupidas y la humedad del bosque serán un poco incómodos, pero a los pocos minutos ni la intensa sudada ni las sombras ni los pequeños soplos de viento me harán cambiar de opinión. Busco poner más hierros de subida pero ya hace rato que está todo puesto, sin embargo sigo buscando de cuando en cuando a ver si hay algo más a lo que echar mano. No a no ser un poco más de esfuerzo. Sigo subiendo, sigo viendo muchos buscadores de setas y de castañas metidos entre los árboles. 

Llego a la carretera y giro a la izquierda, poco después llego a un mirador sobre el valle. Las vistas ya son muy amplias y permiten ver el mar. También permiten intuir Barcelona, agazapada tras las montañas pero en la línea de playa a casi 50 Km. Sigo adelante para encontrar en la siguiente curva el desvío a la izquierda que sube hacia el Turó. La carretera se estrecha y deja de tener un asfalto tan bueno, sin embargo esto es como rodar por una autopista para una bici de montaña. 

Las rampas se encabritan un poco más y empiezo a trazar una serie de largos zigzags que me llevan cada vez más arriba. La subida constante, sostenida, calculo que sobre un 8%. Sin respiros ni descansos ni rampas más fuertes, tendida, tan larga y persistente que deseas un rampón para romper la monotonía, eso sí, que luego de un respiro. 

Pero no, ya casi arriba, además, se muestra sobre una larga curva que deja ver todo lo que queda por subir. Así se llega a la barrera a partir de donde los vehículos motorizados no pueden subir. Esto serán los dos últimos km. y ahora me tomo cumplida venganza de todos los que me han adelantado en esta interminable subida. Doy la última curva para ver al fondo las enormes antenas que coronan la montaña. 

En realidad no es así pues el Turó se corona sobre el pico donde está el refugio junto al vértice. El camino de subida al propio Turó no es ciclable y presenta buenos pedruscos que me obligarían a subir andando, tan solo son unos doscientos metros pero no tengo ganas. 

Me doy por satisfecho con coronar el Puig Sesolles y permitirme creer la mentira de que he coronado el Turó de L’Home. Hago las fotos de rigor, observo el paisaje, la gente que sube por ambos lados de la montaña e incluso los que vienen desde Les Agudes. La bruma que ensucia el paisaje lejano y apenas permite ver la montaña de Montserrat. El valle de Montseny.

Y el bosque inacabable que cubre todas las montañas que me rodean. Siento una enorme envidia sana por estas montañas tan cuidadas a pesar del enorme impacto demográfico y la presión urbanística a que están sometidas. Lo mismo que en Valencia. Vamos igual. Que pobreza de espíritu y de cultura que tenemos, no tenemos nada que conservar, Les Rodanes, uno de los pocos reductos arbolados y naturales de nuestro entorno cercano se está muriendo por los pequeños incendios, por la falta de agua y por la plaga del Tomicus, pero cuando alguien se ponga en marcha para hacer algo solo quedará arrasar la montaña para hacer los chalets y la ciudad deportiva del Valencia. Más de lo mismo.


Observo ahora el camino por el que tengo que bajar. Un último vistazo a mí alrededor y tomo el camino, muy roto al principio y con muchas piedras durante el primer medio Km. Luego llego a la zona arbolada y las hojas tapizan el suelo, realmente no sé donde piso pero las piedras grandes sobresalen entre las hojas y se dejan ver. Algunos baches ocultos pero nada que las suspensiones, ya puestas a trabajar, no puedan superar. Me adentro en un pasillo arbóreo que reduce la luz de forma alarmante para la velocidad a la que bajo. Una vez acostumbrado al suelo cubierto de hojarasca, a la poca luz y a ir frenando constantemente el paseo se convierte en un deleite total. La presión sobre los frenos tan continua y tan fuerte hace que me duelan las manos de frenar y voy soltando los frenos, primero uno y luego el otro, para darme un poco de descanso. Pero al soltar frenos la bici coge velocidad y eso es peor, así que a frenar otra vez. Hago ahora otras curvas en zigzag como cuando subía paro ahora en la cara este de la montaña. 

Sigo disfrutando mientras tatúo una sonrisa en la cara por esta experiencia que estoy viviendo. No es solo la bajada, ni el camino, ni los arboles o las hojas. No es por la humedad o los olores, ni por los colores. La luz, el sonido, el silencio. La paz y la tranquilidad, la limpieza de la montaña. No es por nada de eso y es por todo ello a la vez. Es por el aquí y ahora. Es porque esto es lo que quiero en cada instante de mi vida. Esta plenitud casi total a la que solo le falta una persona a mi lado. Es esta forma de sentir, de sufrir para disfrutar, este pedir perdón sin palabras, sin pedírselo a nadie pero elevándolo al mundo, de gritarlo sobre él desde las alturas, de bajar para oír su eco. De sentirme en paz antes de la guerra, que sé que llegará. Sigo bajando con todos estos sentimientos inundando mis ojos. Sigo siendo cada árbol, cada hoja, cada curso de agua que me lleva hasta la Font de Passavets. 

Junto a ella el torrente que llena el embalse unos Km. más abajo. Enlazo con la carretera y bajo hasta el hotel a un minuto de allí. Es como si toda Barcelona y la provincia se hubieran vaciado para venir aquí. Es increíble la cantidad de gente que hay por todos lados. Dejo la bici y vamos a la terraza del restaurante a tomar la más que merecida cerveza, esta vez una lupulus, una cerveza elaborada en la zona y realmente buena. A nuestra salud. 


Track de la ruta: http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=8330557